Todo comenzó aquella mañana en la que Sebastián se despertó con la algarabía que hacían unos pájaros que estaban cerca de la ventana de su cuarto. Eran tres pájaros negros que picoteaban con insistencia el vidrio y gorjeaban como si estuvieran llamando a alguien. No pasó mucho tiempo, cuando Sebastián vio que otros pájaros atendían al llamado y aterrizaban en su ventana.
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Al principio, Sebastián intentó espantar aquellas aves, pero al darse cuenta que era imposible, simplemente se mudó a una habitación sin ventanas. Aunque hasta el cuarto llegaban los ruidos, Sebastián pudo evadir la sensación de escalofrío que le producía el gorjeo de los pájaros.
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Con los días, Sebastián se fue dando cuenta de unos pequeños cambios en él. Ya no le gustaba dormir acostado, sino que dormía de pie; también se percató que producía algunos sonidos extraños parecidos a un trino. Estos cambios hubiesen pasado desapercibido, sino no se hubiese dado cuenta de cambios más drásticos: su piel se estaba llenando de plumas, estaba comiendo lombrices y un pequeño pico se estaba formando en su boca.
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Asustado y sin poder entender qué le estaba pasando, Sebastián se encerró en su casa e hizo de aquella habitación su propia jaula. Un día se miró al espejo y solo vio una enorme cabeza de pájaro y cuando quiso hablar, no pudo: un chirrido agudo salió de su pecho. Entonces, consciente de cuál era el próximo paso, fue hacia la ventana de la casa y la abrió. Sin explicación, Sebastián se fue volando y detrás de él una bandada de pájaros que había venido a buscarlo.