El efecto mariposa
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Nadie se enteró que las abuelas de esas mujeres fueron obligadas a un matrimonio y que nunca fueron a la escuela. Que su vida se redujo a una cocina, a unos muebles, a una casa, a una vitrina. Que las abuelas de esas mujeres tenían prohibido llevar la contraria, votar, reclamar, opinar, mostrar la herida. Nadie dijo que cuando hubo mujeres que no pudieron ser abuelas, ni madres, se convirtieron en unas excluidas. Nadie dijo que muchas de esas mujeres desaprobadas y despedidas, dejaron de ser madres, pero fueron grandes tías.
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La vida de esas mujeres, normales, no apareció ni en periódicos ni en revistas, así que nadie podía enterarse de lo que hace esa mitad del mundo que son las desconocidas. Quién supo que cuando aquella mujer nació su padre dijo que prefería un niño y no una niña; que cuando fue creciendo sintió el yugo del padre, del hermano y de la familia. Que cuando se graduó con honores y fue en búsqueda de trabajo, por menos aventajados y preparados, fue cuestionada y vencida.
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Por eso cuando aquellas mujeres pidieron libertad, igualdad, en una plaza de una ciudad cualquiera, los que vieron la protesta la llegaron a ignorar, cuestionar y hasta descalificar como si todo fuera una treta. Pero no, aquellas mujeres eran el grito acumulado que por siglos fue callado y fueron el comienzo del gran cambio.