El corazón del árbol
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Aunque muchas veces habían recibido los regaños de los adultos que veían en las maromas infantiles cierta peligrosidad, ellos dos reían y saltaban de una rama a otra con sus bocas sucias de mango, con sus manos generosas de vuelo, con los ojos llenitos de altura y travesuras. El mismo árbol parecía florecer para aquellas dos almas de pájaros que pasaban sus horas trepadas a él, creyéndose más cerquita del cielo y las nubes.
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Cierto día de cierto año, los niños se hicieron grandes y encontraron en el tronco del árbol un lugar donde hacer un corazón con sus iniciales entrelazadas. Allí, bajo la sombra de sus ramas, se hicieron una promesa de amor de la cual solo el árbol fue testigo.
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Pero como la primavera no es eterna y el amor menos, los jóvenes olvidaron su promesa de amor y aquel corazón hecho en el tronco del árbol también pasó al olvido. Dicen que después de aquello, tatuado de por vida, el apenado árbol, que hasta ese momento era el único árbol con corazón, empezó a secarse.