El ancla del alma
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Una pequeña luz de madrugada entraba por la ventana y el hombre aún estaba sentado a la orilla de la cama. Miró a su esposa que aún dormía. Cuando se casaron, él le prometió que nunca le faltaría nada. Los primeros años cumplió su promesa, pero luego la situación del país lo había arrinconado en una esquina y de la noche a la mañana, solo tenían dinero para la comida. El hombre sentía que había faltado a su promesa y sentía que era un barco a la deriva.
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En silencio, el hombre escuchaba el respirar leve de su esposa: dormía con la despreocupación de una niña. Recordó que cuando la situación comenzó a empeorar, su esposa lo animó a que solo era una mala racha, que saldrían adelante. Luego, ella buscó un trabajo y se emocionó cuando pudo ayudarlo con los gastos en la casa. Ante sus reproches, ella sonriente solo le dijo: somos un equipo y estamos remando hacia la misma orilla.
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Allí, en la cama, el hombre se acercó a la mujer y suavemente le besó la mejilla. Ella abrió los ojos lentamente y lo miró fijamente,y bajito le dijo: Buenos días. Él le besó la frente y la miró de cerca sintiendo que sanaban todas sus heridas. Entonces, como barco se sintió en calma, como aquel que llega seguro a casa, livianita sintió el alma porque aquella mujer, ante todo, en su vida era un ancla.