Se había escondido en el bosque para escapar del enemigo. Entre las ramas de los árboles, metida en los lagos y debajo de las hojas secas, se había ocultado por largo tiempo. Cuando escuchó el silencio de la enramada salvaje, a pesar de la niebla y del horizonte negruzco, decidió salir de su escondite. Tenía que volver a su pueblo.
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Comenzó a andar y los ojos se le irritaron ante el paisaje dantesco: miles de muertos de lado a lado del camino hacían de la tierra un lienzo rojo. Encorvada, siguió caminando sintiendo por primera vez el peso de su cuerpo. El panorama desolador, lleno de profesías cumplidas, era una realidad que le tatuaba la culpa en el rostro.
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Cuando llegó al pueblo, todas las casas estaban destruidas y deshabitadas. Al llegar a la de ella, la soledad estaba colgada por todas partes. Allí también el rojo bañaba la tierra y dejaron a sus ojos mudos. Flaqueó ante la lacerante culpa y estuvo a punto de tirarse al suelo, pero no lo hizo. Simplemente dio la vuelta: debía irse.
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Mientras tomaba otros caminos, se dio cuenta por primera vez de su intemperie. No tenía lugar a donde regresar: con su huida había arrancado sus raíces. Miró de lado a lado y ya no había cadáveres, y tuvo la certeza en ese instante que, a partir de ese momento, el cadáver sería ella.