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A su vez, el hombre miró a los otros pasajeros en un intento de voltear el rostro y llevar su mirada de allí muy lejos, muy lejos. Indiferentes, los ojos vagaron sin ningún consuelo, como si fuera una película ya vista y el desenlace no fuera un secreto. Bajó la cabeza y se miró las manos, consciente de estar en aguas turbulentas navegando y que, tarde o temprano, el desamor, el resentimiento y la fatiga los va desgastando.
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En la casa habían hablado y aunque fue mucho el intento, no habían resuelto nada. Como siempre, ante el reclamo de él, ella quedó callada. Fría, distante, con cierta hostilidad en la mirada y ante la pregunta de él que qué le pasaba, cortante y brusca, le dijo: Nada. Después de un largo silencio que a los dos les pesó en la espalda, él dijo: por lo visto, ya no estás de mí enamorada, tal vez separarnos, agarrar cada quien por su lado, sea la decisión más acertada.
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Y allí están: uno al lado del otro, pero una gran distancia los separa. El amor del principio se esfumó y los dejó con un vacío en el alma. Aunque van en el mismo tren, el viaje los llevará a diferentes paradas, porque cuando el amor se termina, en el momento indicado, de aquel tren, los dos se bajan.