Luego de años de ausencia, la muchacha regresó a la antigua casa de la abuela. Había permanecido cerrada desde que el tío había muerto y de eso hacía ya varios años. Abrirla fue recordar una parte de su vida que había intentado olvidar y que gracias a muchos especialistas, había podido superar: su traumática infancia.
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Entró y todo permanecía igual a como ella lo recordaba. En aquella casa vivió por mucho tiempo, al lado de su abuela y su tío, luego de que su madre muriera en un accidente automovilístico. Sin perder un segundo, subió a su cuarto y encontró que todo estaba intacto. Lo único extraño era que sus muñecas, que había dejado en un baúl, estaban encima de la cama, como esperándola.
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Se acercó a ellas y las abrazó con cuidado, como cuando era una niña. Con las muñecas en su regazo, recordó que jugaba a que ellas eran sus hijas y les decía que nunca las abandonaría, como su madre había hecho con ella. También recordó que ellas eran sus confidentes, las únicas que la veían llorar cada vez que su tío la maltrataba. A sus muñecas les confesó, muchas veces, cuando niña, el deseo que su tío muriera.
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Como ya era de noche y estaba cansada, se acostó en la cama e inmediatamente se quedó dormida. En sueños escuchó que una de las muñecas decía: _"Ni porque cumplimos su deseo, nos dio las gracias. Y tanto que nos prometió que no nos abandonaría, y nos abandonó por todos estos años. Debemos tomar venganza." En ese instante, la muchacha se despertó sobresaltada: las muñecas no estaban por ninguna parte y toda la casa estaba envuelta en llamas.