Ayer me desperté en medio de la fría madrugada, buscándote. Aturdido, abro los ojos y no sé aún apagar aquellos recuerdos que reinan en el presente, confundidos ante tu ausencia.
Ni la mente más equilibrada podría diferenciar aquella realidad en la que me preguntaba ¿dónde estabas?, a pesar que yo conocía la respuesta. Allí no...
Áspero presente, soy mártir de la soledad a la que, finalmente hoy, le doy un nombre: el tuyo.
La turbia noche me rodea y me droga la vista con una salada ficción en la que te veo, pero son solo vestigios de un bonito ayer.
Te veo dormir, tranquilo, feliz y plácido y en ese instante reconozco que soy yo la tierna víctima de una ilusión, ahora admito que padezco de una calma que me agobia los reinantes nervios que te pregonan sin hallar una respuesta.
Te veo dormir y no sé si soy yo quien cedió al diálogo con Morfeo o el que perdió la cuenta de ovejas desafiando sus angustias con las de ellas, tumbos doy al paso doble de una melodía a la que le falta tu voz y le sobra el eco de las cosas que alguna vez me dijiste.
Es difícil saber si despierto estoy o si todavía duermo..., un segundo después, termina tu corta extraña visita, la realidad me pellizca y hala los hálitos de mi recurrente profusa apnea; reina el frío intolerante de esas ocasiones que suplican un abrazo cálido; el silencio es más rotundo y la soledad vuelve a tener solo su nombre..., ahí ya no estás...
Te extraño y no lo afronto de la mejor manera, pero me doy cuenta que, sin planearlo, cavilando, insomne, callado, te hallo cuando menos lo pienso, sumergido en medio de grises descansos que solo tú coloreas con una visita no tan lúcida pero siempre bienvenida.