Te vi crecer de a poco desde lo más profundo, tocando cada partícula de mi ser, algunas veces robando un desvelo. Me diste razones para seguir sin estar rota y volver a intentarlo de nuevo, aunque mi corazón estuviera desgarrado y ensangrentado.
Los miedos no existían, de eso se trata cuando amas, apartabas mis malos sueños y encendías la luz para que viera un mar de posibilidades. Aunque en lo profundo de mi alma albergaran las grietas te preocupaste por cubrirlas hasta los cimientos. No temiste a las antiguas cicatrices, solo te esmeraste en que aprendiera de esos daños y las apreciara de una buena manera.
Lo intentamos y así siguió por mucho, intentos, una construcción que tocaba lo más alto de los cielos, sin temor a caer o ser derribada de la nada. No tomamos suficientes previsiones y el suelo se fue moviendo de a poco y de repente fue deslizándose lentamente dejando escombros por doquier.
De alguna manera los desastres son necesarios, nos muestran quienes somos realmente, lo peor de nosotros sale de manera singular en las tragedias y destruye todo sin dejar ninguna pieza. No culpo a nadie, muchas veces el tiempo es el que hace que el lugar en el que estamos empiece a rugir y no promete dejar nada vivo.
No olvido, no olvidare, soy valiente, aunque una tormenta pase despojándome de cualquier recuerdo tuyo, en alguna parte de mí vivirás, aferrado y escuchare tu voz. Sin darme cuenta en mi piel dejaste huellas que no pueden ser borradas por mucho que trate.
Pensar que me quede con un corazón roto no es una idea aceptable, decidí quedarme con varias fotos tuyas guardadas en mi mente, algunas enseñanzas para ser mejor y la esperanza de encontrarte algún día en el camino.
Después de enseñarme tantas veces como curar un amor roto, aprendí de reojo a hacerlo yo misma, por eso estoy agradecida. Aunque te fuiste sin avisar, me dejaste pistas para amarme de nuevo y esperanzas para un mañana, aunque por ahora sea solitario.