Capítulo 1- Parte 2
—Siiiii, fue un desastreeeeee, pero porque todo me tiene que pasar a mí, ¿pero qué quieres que vaya por la vida contando cada una de mis penas, y ande de Lupita Ferrer dándome golpes de pecho? primero el acoso de Mathias y su interminables maneras de querer tocarme hasta el tuétano, pero que hombre tan insistente en la vidaaaaaa, después aparece ese Dios del Olimpo a querer volverme loca con todo su ser y para rematar el poco hombre de mi ex se aparece en casa, esperándome tan pancho en la puerta, ¿pero que se ha creído ese imbécil? Es que me niego a que todos me quieran ver la cara, que cagada de vida llevo hija, no me dejan respirar.- le grito a Amalia por teléfono, seguro que escucho, que hasta la vecina se enteró, pero esta que más sínica no puede ser responde:
— ¿Se puede saber que dios de Olimpo ese es del que hablas?
— Pero bueno Amelia, ¿eso es todo lo que escuchaste?
— Si si si hija, que tu ex es un idiota y Mathias un pulpo, pero háblame de ese dios griego. —imagino la cara que debe de poner y le suelto sin más.
— Amelia, sabes que te quiero pero ahora no es un buen momento, mañana nos vemos y te pongo al día ahora quiero dormir, por favor.
— Está bien siri, mañana no vemos, descansa y mastúrbate hija a ver si se te quita ese mal genio. — y antes de que pueda decir nada cuelga
— LaMadreQueTeParioAmelia— y sin poder evitarlo sonrío.
Y colorín colorado esta princesa de paja se ha acabo, necesito dormir.
Dos Meses Después…
Pipipipí... pipipipí... pipipipí...
Alargo la mano y apago el despertador. Madrugar me mata, pero hoy más que nunca tengo que hacerlo, tengo una reunión y por nada del mundo puedo fatal ni retrasarme.
Cojo el teléfono y me lo acerco a la cara. Soy miope y sin lentes no veo ni mis manos. Una vez compruebo la hora que es, me levanto, me pongo los lentes y voy a la cocina a poner la cafetera mientras me termino de alistar para salir como viento en popa de la casa, y de broma me da tiempo de café, ya que los almuerzos los hago en la noche y a veces desayuno con cualquier cosa que compre en la calle.
Al llegar a la oficina, gracias al cielo que fue temprano, me saluda el Señor Arreaza:
— Buen día niña, ¿Cómo amaneces?
— Hola señor Arreaza, pues como nunca temprano, significa que bien — lo sonrío ampliamente.
— Así deben de ser todos los días, no lo olvides— hace un gesto con su gorra que ya me conozco que quiere decir.
Si si, ya lo sé, no soy buena con mi horario, pero siempre soy la última en irme, en mis días de semana no hay cabida para más nada que no sea mi trabajo, y les aseguro que aunque a mis jefes no les agrade la idea, lo acepta porque para mulita de ellos, aquí su servidora.
Aunque hoy es viernes y el cuerpo lo sabe y por loco que parezca, he quedado con Amelia y con unos amigos, en el paseo del mar donde se reúnen muchas personas que van a lo mismo.
Así que llegadita temprano idita temprana, menos mal que el día anterior pase por la peluquería porque si no, no me da tiempo a nada.
Gloriosas seis de la tarde que gusto verte llegar, el día en el trabajo estuvo tranquilo, a excepción de la reunión de mi pobre jefe que un día de estos se muere del disgusto, mayor troll es el amigo.
Aun así termino lo pendiente, para que el lunes no se me acumule el trabajo, apago la computadora, recojo los papeles pendientes, los archivos y tomo mis cosas.
Voy de salida cuando me encuentro con el Señor Arreaza terminando de revisar las instalaciones a ver quién queda.
— ¿Termino tan temprano señorita?- me mira con esa sonrisita que lo caracteriza.
— Sí señor, y mañana no tengo que venir, así puedo descansar, y salir de rumbita- le respondo alegremente-
— Esta juventud, esta descontrolada, adonde vamos a parar.
— A la discoteca señor Arreaza, a mover las caderas, jajajjaa- voy caminando a la salida y me despido con la mano.
Mi vitalidad el día de hoy me sorprende hasta a mí, pero bueno porque no se feliz, paro un taxi, para irme a casa, el taxi se detiene en una luz roja.
El sonido estridente de una moto llama mi atención y más cuando volteo, porque de curiosa nadie me gana, ohhhh diosssss, ohhhh diosssss, ohhhh MyGod, pero si es el dios del Olimpo. Pero que hombre más sexy, con lo bien que me lo pasaría con ese cuerpo y esos labios, en ese momento el voltea y me mira con esos ojos tan azules que tiene y me excito.
Me dedica una media sonrisa y el semáforo cambia de color y yo me avergüenzo, pero como puedo pensar así de una persona que acabo de conocer, si es que no se puede ser más sucia de mente, no sé qué me pasa con este hombre pero debo parar de una vez.
Cierro los ojos, para tranquilizarme cuando de repente, tocan el vidrio y abro los ojos y allí está el, viéndome con esos ojazos y de repente me dice:
— Hola, Siriana, ¿así te llamas?- yo asiento como una lela.
— Baja para que hablemos un momento, dile al taxista que pare en el edificio azul de la esquina – yo me quedo muda sin saber que decir, pero veo que me queda mirando como si me pasara algo malo.
— Por favor señor sé que le dije otra dirección, ¿pero podría para en el edificio azul de la esquina?- de muy mal humor el conductor asiente.
— Le cobrare lo mismo, parándome aquí o en la dirección que me dio- este me vio la cara de millonaria gruño en mi mente.
— Si eso le hace feliz señor, no hay problema.- le digo nada contenta.
Al final el granuja para, y aun con su cara de perro aunque loe haya pagado, casi no me da tiempo a bajar del carro, pero bueno este casi me lleva para su casa, será idiota y mal humorado, hijo que mañana te puede dar un infarto y vas por la vida gruñendo como un troll.
— Veo que si te bajaste- dice de pronto esa voz profunda.
— Ehhh… ho.. hola, ¡si me baje!, lo que no se es porque lo hice, ¿Por qué me pediste que bajara, puedo saberlo?- le digo entre confundida y nerviosa.
— La última vez que nos vimos no pudimos hablar bien, ¿quieres tomar algo mientras hablamos?
— Mmmm la verdad iba camino a casa porque esta noche salgo con mis amigas, solo te aceptare una cerveza.
— ¿Una cerveza? ¿solo una?- me mira con cara de perrito pequeño.
— Bueno puede ser dos, ¿te parece bien?
— Vamos ya veré como hago para que sean más- me dice con una sonrisa muy picara.
— Jajajajaj no aceptas un no por respuesta, eres un creído.
— Y tú una borracha.
Rio por las ocurrencias que tiene y no dejo de estar tan nerviosa, así pasamos alrededor de una hora, preguntándonos cualquier cantidad de cosas, y aunque estoy más relajada y sorprendida por este hombre, sin pensarlo le suelto:
— ¿Puedo hacerte una pregunta bastante personal? —pregunto
—Por supuesto, siempre y cuando luego yo pueda hacértela a ti.
— ¿Estas casado, soltero o algo?
—Tengo pareja, pero no le gusta el mundo que yo ando.
— ¿Porque?
—Dijiste una pregunta, y con esta serían dos —sonrió él—. Ahora me toca a mí.
Siriana asintió.
—Mathias, ¿es tu pareja?
—No —respondió mientras cogía la cerveza y le daba un sorbo.
Después de un pequeño silencio, ella preguntó:
— ¿Cuánto tiempo tienes con ella?
—Cuatro años.
— ¿Y tú con él?
Se a quien se refiere, aunque no lo nombre.
—Apenas lo conozco hace unos meses.
Tras aquellas confidencias llegaron muchas más. Una vez que acabaron sus cervezas, el pidió otra ronda más, Se sentó frente a ella y sin quitarle los ojos de encima, comenzó a beber. Sus ojos parecían desnudarla y Siriana, inquieta y excitada por lo que aquel tipo le hacía sentir, percibió cómo una ráfaga de lujuria y desenfreno llamaba a su puerta. Deseaba con todas sus fuerzas besarle, pero temía parecer demasiado fresca, libertina y aparte tiene pareja, que está prohibido. En ese momento, Sebastián la miró y sonrió; eso la hizo arder.
Se acercó lo más que pudo a él, y sin pensar en nada más, lo beso, adiós el nerviosismo de ella, adiós los tabúes. Los cálidos y sensuales labios de ella se posaron en su cuello durante unos segundos, los suficientes como para hacer que a él se le erizara todo el vello del cuerpo.
Noto que sus manos bajan a mi cadera y me las aprieta con ímpetu, como si deseara más.
¡Dios santo, estoy dejando que un hombre al que no conozco me meta mano!
Sin decir nada, dejo que sus manos se paseen por mi cuerpo, mientras su boca busca la mía y me besa. Lo hace muy bien y respondo a su beso. Atrapo su lengua en mi boca y la degusto, la disfruto. Así estamos varios segundos hasta que él se interrumpe y sus carnosos labios bajan hasta mi cuello.
De pronto se despega de mí y me dice con una voz baja y llena de lujuria.
— Deberíamos irnos a otro sitio.
— S.. si, deberíamos salir de aquí.- digo apenada.
— ¿Quieres que nos llevemos alguna cerveza?, a dos negocios hay un hotel, y seguimos hablando con privacidad.
Asiento, porque si hablo me arrepiento, y lo que está despertando este nombre en mí, no es normal. Paga las cervezas que nos tomamos.
— Ehhh!!! Yo pago las próximas, no me gusta que corran con todos los gastos.- le digo muy segura de mi misma.
— Bueno, si te parece mejor, compra las cervezas y yo pago el hotel.
Me atraganto con lo que queda de cerveza y asiento. Así mismo salidos del local, al ver que caminamos y deja la moto lejos, le digo que es mejor que busque la moto y lo espero adentro, deduzco que el hotel venderá cervezas.
Al entrar juntos al hotel, pide la habitación, y yo las cervezas y hacemos lo acordado una vez dentro. Cierra la puerta, abre una lata y la bebe como si viniera de una maratón y yo de dos maratones. Se acerca a mí.
— ¿Seguimos jugando? —me pregunta al oído.
—Sí.
Hasta el momento todo me gusta y quiero continuar.
— ¿Puedo meter las manos dentro de tu ropa y tocarte?
Me he quedado muda. No puedo contestar. Con una mirada sexy Siriana mojo sus labios, y sin tener que responderle.
Cuando mete los dedos por un lado de mi ropa interior hasta alcanzar mi sexo me vuelvo loca, más cuando lo oigo decir:
—... Separa un poco más las piernas. Así... Así... Mmmm... Estás húmeda.
Dios... Dios... Diosssssssssssssssss...
Él la atrajo hacia él y la besó. Ella apretó sus senos contra su pecho, y enredando sus dedos en aquel pelo negro largo, le devoró la boca hasta que le oyó gemir de placer. Así quería tenerle.
Sin demora, Sebastián introduce un dedo en mi interior y yo suelto un gritito de sorpresa.
— ¿Te gusta? —me pregunta.
Oh, sí... ¡claro que me gusta!
—Sí —respondo en un hilo de voz.
Noto que él sonríe y, tras morderme la barbilla, murmura:
—Cuando tú digas, pararé.
Asiento... y asiento, pero no le digo que pare.
¡Ni loca!
Mueve los dedos dentro de mí y, agitada, suelto un gritito lujurioso. Me masturba y yo, pegada a él, dejo que me excite y se haga dueño de mi cuerpo.
— Sebastián, quítame la ropa, por favor.
Sin tiempo que perder el la desnudo por completo tirando la ropa por doquier; Siriana estaba denuda delante de él.
Sin importarle absolutamente nada, Siriana bajó su mano hasta el bulto que contra su deseo latía, y sonrió contra su oreja al sentir como él saltaba al notar sus manos calientes y juguetonas en él.
En aquel momento, Sebastián no pudo más y agarrándole la cara la atrajo hacia él y la devoró. La poseyó con su boca y con sus exigentes manos. La tocó de tal manera que ahora fue Siriana la que tembló.
La tumbo en la cama, y sacándose la ropa desesperado, ella lo miro con tal deseo que sentía que tendría un orgasmo nada más verlo desnudarse, se le aguo la boca.
— Podrías pasarme la cerveza, estoy sedienta.
El la miro y sonrió, Siriana se encogió porque no sabía que significaba esa sonrisa. Se volvió hacia la mesa agarro la cerveza le dio un gran trago.
— Abre la boca.
— ¿Qué?- responde sorprendida.
— Abre la boca.
Y así lo hizo, el tomo otro gran trago, y le dio de beber directamente de su boca en la cual cayo no solo allí, darle de beber de esa forma, la excito aún más, y por supuesto sentir su lengua recorrer las partes que cayó el restante de cerveza, casi explota.
A la par que termina de desnudarse, va bajando sus labios por mi cuerpo hasta llegar a mi sexo, húmedo y palpitante, queda totalmente expuesto para él. Yo jadeo. Noto que el corazón se me desboca y un grito de lujuria sale de mi boca cuando siento cómo su dura y caliente lengua pasa por el centro de mi placer.
¡Oh, Señor...! estoy permitiendo que un hombre al que no conozco chupe mis partes más íntimas.
¿Me he vuelto loca?
Sigo jadeando acalorada mientras él me agarra los muslos con gesto posesivo, me abre más y mete su lengua en mi interior, tras darme unos toquecitos en el clítoris. Ningún hombre me ha chupado con tal ímpetu y el deseo de que continúe me hace abrir más las piernas. Le exijo que no pare, muerta de placer.
No sé cuánto rato pasa. Sólo sé que disfruto. Le sujeto la cabeza para apretarlo contra mí y me muevo contra su boca, mientras él parece disfrutar tanto o más que yo.
¡Voy a estallar!
Tiemblo.
Comienza en los pies, sube por mis piernas, se pasea por mi estómago, continúa por mi pecho y cuando llega a mi cabeza explota, haciéndome chillar y convulsionarme de placer.
Caliente y deseosa de recibir su pene en ella, le acarició el cuello con mimo, mientras sentía cómo le succionaba los pezones y la hacía arder. Necesitaba con urgencia ser penetrada por aquel miembro que bajo ella parecía que iba a explotar.
—Tienes un cuerpo muy bonito, Sebastián, me gusta tu tatuaje.
Él se carcajeo al oírla, y le responde:
— Tu sí que eres hermosa, y también te queda bien ese tatuaje, después me encargo de el cómo debe ser, pero ahora necesito disfrutarte.
Bajo la vista hacia su erecto pene.
¡Qué bien armado esta esté dios del olimpo, estas para comerte completito!
Esta vez, los besos fueron más salvajes, posesivos y sensuales. A punto de estallar, ambos se estremecieron al sentir el calor que sus cuerpos radiaban.
Sin demora, lo veo ponerse un preservativo. Luego se agacha y, dándome un beso en los labios, murmura, mientras pasa un dedo por la entrada de mi sexo:
—Así me gusta, lubricación natural.
Colocándose entre mis piernas, introduce la punta del pene en mi sexo y, agarrándome por la cintura, se hunde totalmente en mi interior. Ambos jadeamos. Cierro los ojos y me arqueo gustosa.
—Te gusta… te gusta así —susurró embelesado al sentirla gemir y moverse bajo él.
Asintió con la cabeza, mientras se dejaba llevar una y otra vez por aquellas embestidas que la hacían arder. Sebastián, incapaz de retener ni un segundo más sus impulsos sexuales, se dejó llevar y bombeó dentro de ella hasta que sintió cómo se arqueaba y gemía de placer. Él se queda totalmente quieto y al mirarlo ve que los tendones del cuello se le tensan y su expresión es de auténtico placer. Se tumba a mi lado y respiramos agitados.
Dios santo, acabo de follar con un desconocido y ha sido una de las experiencias más placenteras de mi vida.
Cierro los ojos, para calmar mi ímpetu. Cuando de pronto oigo:
— Señorita, señorita, ya hemos llegado, ¿es aquí la dirección sí o no?, no puedo estar esperando sin que pague, así que haga el favor de hablar- me suelta el taxista con su mal humor, esperando una respuesta.
Saco el dinero le pago, abro la puerta, me bajo del taxi.
¡MIERDA!......
Continuara…..