Saturno descendió a la tierra
y se estrelló contra un pastizal cualquiera,
se quedó inmóvil, no dijo nada,
hasta que llegó un ser con apetencia exagerada.
Muerde y muerde al planeta,
sus aros desaparecen con velocidad extrema,
pobre Saturno, lo están evaporando,
ya no habrá una luz verde en el cielo brillando.
Aflora una mano,
al parecer es de un gigante bronceado,
libera al planeta de aquella fiera
y se la lleva a su taller, para solucionar el problema.
Le coloca espaguetis para reemplazar sus aros,
le pone más de uno, se ve agraciado,
lo adorna con ojos saltones
y le hace pantalones marrones.
Al terminar el día,
Saturno se ve con apariencia distinguida,
con un soplo el planeta se eleva,
se marcha, el universo con sus estrellas lo espera.