El perro del lápiz, duerme entre otros lápices, de repente sale, se asoma y dice buenas tardes.
Los demás lápices no dicen nada, los pobres ni siquiera tiene cara, solo uno mira desde la distancia, con un
solo ojo que lo acompaña.
Y cuando el lápiz perro se aleja, para visitar una hoja inmensa, aquel de un ojo, va tras de él como si fuera su custodio.
Así se acompañan, hasta que la bolsa que los guardaba se enfada, los busca con su mala cara y los obliga a entrar a su casa, es que en toda familia, hay reglas claras.
Créditos Margarita Palomino