El sudor
que fertiliza
cada hora, cada esfuerzo.
La curva de la espalda
sobre el oficio,
el vértigo
de tantas mañanas.
No busco himnos ni medallas.
Sólo el justo trueque:
que el peso del pan
no aplaste
el resto del cuerpo.
El tiempo
que se siembra en las jornadas
no es un verso gratuito,
ni el silencio
que sigue al trabajo
puede alimentar
lo que sostiene la casa.
Remunerar el esfuerzo
es reconocer que detrás de cada cifra
hay una respiración,
un corazón que late mientras produce.
Y aún cuando hacen gala del esfuerzo,
lo tengo y me es inalcanzable.
Nadie debería mendigar por lo que edifica.
El sudor merece su propio nombre
en la cuenta del día.