A quién le importas
no lo comprende
el lunes que se arrastra como lamento,
la lluvia
sobre el techo,
la alarma que a las siete
siempre se enciende.
A quién le importas
no lo comprende
el martes con su rostro de oficina,
la taza de café que se avecina
amarga y tibia
mientras nadie atiende.
El miércoles,
por condena,
relojes que repiten
la misma hora,
la lentitud del jueves
el tedio justo antes de la pena.
Y el viernes que no llega,
que se ahoga
en papeles,
en firmas,
en horarios,
en pasos que dibujan
sobre una acera gris
que nadie arroga.
A quién le importas
no lo comprende
la letanía exacta de los días,
sus nombres repetidos.
Pues vive
el que no mira el calendario.
A quién le importa no lo comprende.