En esos momentos de introspección profunda, la vida me obligó a mirar más allá de mis propias limitaciones y a reflexionar sobre los designios de Dios, entendiendo con una claridad, que a veces Él nos quita de un lugar, nos saca abruptamente de nuestra zona de confort y cierra puertas que considerábamos seguras, no como un castigo, sino porque venía algo muchísimo mejor en camino, porque se avecinaban nuevos conocimientos, otros trabajos y experiencias enriquecedoras que transformarían por completo nuestra perspectiva. El violonchelo se convirtió en el instrumento perfecto para asimilar esta verdad espiritual, pues cada lección aprendida en el diapasón era un reflejo de mi propio proceso de adaptación ante lo desconocido, recordándome que soltar el pasado es el único modo de abrir espacio para las bendiciones que están por llegar. Durante este mes de vacaciones y los meses antwriores, el aprendizaje musical se entrelazó íntimamente con mi crecimiento personal, enseñándome la paciencia de construir algo hermoso desde cero, la humildad de aceptar los errores sin castigarme y la certeza de que cada sonido desafinado era solo un paso necesario hacia la armonía definitiva. La música me dio la paz que necesitaba para todo, no específico porque me ayuda a concentrarme más en mi, permitiéndome ver que el cierre de ese ciclo no significaba el fin de mi camino profesional, sino el prólogo de una etapa renovada donde la sabiduría adquirida me prepararía para asumir retos más grandes y significativos. Al tocar el violonchelo, sentía que cada vibración física en mis manos era también una vibración en el espíritu, una forma de oración sincera donde depositaba mis preocupaciones y agradecía por las oportunidades que han llegado. Comprendí que el lenguaje de la música es universal porque apela a lo más puro del ser humano, y al perderme en sus matices descubrí una resiliencia que desconocía poseer, una fortaleza silenciosa que me impulsaba a levantarme cada mañana con la ilusión de seguir practicando, de seguir descubriendo notas y de seguir avanzando hacia adelante sin mirar atrás con rencor ni nostalgia estéril.
Dios nunca se equivoca en sus tiempos ni en sus formas, y que cuando nos aparta de un sitio es porque nos está preparando un escenario mucho más amplio, lleno de luz, de aprendizajes inéditos y de trabajos que verdaderamente resonarán con nuestro propósito vital. Y menciono esto ya que pasé con otro grupo de orquesta🥺
Al repasar las horas invertidas en este empeño, me doy cuenta de que lo valioso no fue alcanzar un virtuosismo inalcanzable en pocas semanas, sino haber mantenido la paz mental, haber sintonizado mi sensibilidad con el arte y haberme permitido habitar el presente sin la angustia constante por el mañana. Las cuerdas del violonchelo guardan el eco de estos meses inolvidable, un tiempo donde aprendí a escuchar el sonido profundo de mi propia alma y a confiar ciegamente en que lo mejor de la vida está siempre por suceder, guiada por una fuerza divina que repara los quiebres del camino y nos conduce siempre hacia lugares de paz inmensa y plenitud verdadera.
Olvídate de esos discursos cliché de "cerrar ciclos"; la vida real va de acción pura y dura. Si te quieres cambiar el cabello, pintarte las uñas o dar cualquier paso que te impulse hacia tu bienestar, hazlo sin dudarlo.
Al final del día, la gente siempre va a criticar, tanto si te atreves a cambiar como si te quedas estancada. No gastes energía en el qué dirán, porque la única persona que realmente frena tu propio avance y crecimiento eres tú.