La luz provenía de las bombillas que estaban encendidas pero era de noche. Se levantó de su silla y sintió la fresca brisa en todo su cuerpo. Caminó en el pasillo desierto sin puertas ni ventanas y sus piernas temblaban al hacerlo. Después de unos ocho pasos se sintió desvanecerse y por eso volvió a sentarse en otra silla igual de fría.
Los recuerdos de Carolina no estaban claros. Su vestimenta de hospital le indicaba que estaba en uno pero por qué. Dónde estaban las habitaciones, dónde estaban los doctores y las enfermeras. Dónde estaban sus recuerdos.
Trató de respirar tranquilidad mientras se veía sus manos sobando sus piernas para darles algo de calor. El silencio no la intranquilizaba pero sí la soledad.
¿Qué haces despierta Carolina? Deberías estar soñando. Dijo alguien.
Ella giró su cabeza para descubrir de dónde venía la voz que le había hablado pero no vio a nadie, el pasillo no se veía tan estrecho ahora. Además, el sonido parecía su propia voz. Colocó sus manos en su cabeza, cerró sus ojos y dejó que la brisa nocturna la invadiera.
Se hablaba a sí misma fue lo único que pudo suponer. No sentía frío, ni miedo, ni angustia pero estaba pasando algo que no era normal.
Un carro sin frenos la impactó. Los vidrios saltaron por todas partes y ella estaba atada al cinturón de seguridad en un carro que daba vueltas por los aires. El café, aún caliente, desafiaba la gravedad mientras se desparramaba del vaso. Carolina salió del auto y también de su recuerdo.
Se levantó, nuevamente, de la silla para caminar hacia el final del pasillo o hacia su comienzo; ella no tenía certeza para dónde iba pero quería caminar y salir de allí.
Las luces de las bombillas titilaron. Ya lo tenía decidido y nadie la detendría, o sí?
De pronto todo quedó oscuro. Se sintió débil y perdida. Se tomó un sorbo de café y allí fue cuando ocurrió el accidente. Un breve descuido de no mirar la carretera mientras manejaba hizo que su carro se desviara del canal. No era un carro sin frenos, era un carro cuyos frenos rechinaron por un lapso de tiempo.
¿Será que estoy muerta? Se preguntó pero el pasillo volvió a tener luz. Definitivamente, no –pensó con agonía. Lo que ocurre es que estoy muriendo.
-¡Vamos Carolina, no te vayas, ya lo peor pasó!
-¿De quién es esa voz? No es la mía, de quién será?
Con todas las fuerzas que sentía que le quedaban, Carolina caminó y caminó a través del pasillo. Parecía que no iba a ninguna parte y que siempre estaba en el mismo lugar pero siguió caminando porque ella quería, y estaba segura, que haciéndolo los recuerdos volverían y ella también.
Fue una noche inacabable con olor a tierra, café y soledad. Por primera vez, en mucho tiempo, no quería estar sola ni quería dejarle el camino fácil a la señora de negro. Ahora que estaba cerca de abrazar el manto de la eternidad entonces quería hablar con las amigas a quienes nunca les escribió, quería sonreírle al portero de su edificio, quería tener un gato para acariciarle la cabeza.
Carolina despertó en la sala de un hospital. La habitación era blanca y pequeña. Estaba acostada y vio a las enfermeras. Unos aparatos sonaban con su frecuencia cardíaca. Mientras aclaraba su visión los equipos médicos mostraban las líneas y los números que eran ella misma.
La puerta de la habitación se abrió dando entrada a una doctora que llevaba un vaso en su mano. Colocó el recipiente en una mesa y agarró el expediente médico para verificar el estado de salud de la paciente.
-¿Cómo estás Carolina? Tuviste una noche muy larga. ¿Me escuchas bien? Dijo la doctora.
Carolina logró sacar una sonrisa de sus labios y luego dijo: puede colocar lejos de mí el vaso de café. Si no morí anoche ese aroma me matará hoy.
No sé si morí y regresé, pero si es así le confieso que durante mucho tiempo hice todo para morir. Ahora, estoy dispuesta realmente a vivir.
-mmm, nuestra paciente está bien, dijo la doctora mientras le hizo una señal a la enfermera para que sacara el vaso con café de la habitación.
Cuento @marcybetancourt
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