Los Basconcelli estaban en la ruina pero solo ellos lo sabían. Ser dueños del único periódico del pueblo y estar en contra del partido de gobierno fue fatal, en términos económicos, para quienes construyeron sus riquezas en los años de la explotación minera. Ser rico o culto era mal.
Marco Basconcelli tendría como 70 años y la señora Roberta de Basconcelli unos 62. Yo los conocí en la rotativa porque fui pasante en la sección de deportes, hace unos tres años. Estaba terminando mis estudios de técnico superior en periodismo y el señor Marco me aceptó en el periódico aunque sin paga. Para ese tiempo ya ellos no eran los mismos. Su hijo Mauro era el fotógrafo y Claudio se encargaba de la modernización del periódico. Ninguno apoyaba al partido de gobierno que llegó al poder y eso les causó muchos problemas.
En el periódico habían tres periodistas, dos fotógrafos –uno era Mauro. Una secretaria, una oficinista y varios obreros que trabajaban con la maquinaria y en el aseo. Marco también era periodista y la señora Roberta se encargaba de las relaciones públicas. Era un grupo pequeño de personas que se convirtieron en una familia.
Claudio empezó a pagar sobreprecio en las bobinas de papel para poder comprarlas pero no les dijo nada a sus padres. El administrador lo ayudaba a cuadrar las cuentas hasta que tuvieron que hacer una reducción de personal y él quedó despedido al igual que la mayoría de los obreros.
El gobierno de turno asfixiaba a los Basconcelli de todas las formas posibles y lo último fueron las multas que surgían por la falta de un acento o de una letra mayúscula. Yo lo sé porque estuve allí.
Una vez pasé a las cinco de la mañana por la rotativa y me sorprendió el ruido de las máquinas. Toqué la puerta y aunque seguía oyendo las máquinas nadie me abrió la puerta. Marco Basconcelli puso su mano sobre mi hombre y me sobresalté. Se llevó su dedo índice a sus labios indicándome silencio. Luego, me señaló hacia otra puerta y por allí entramos. Mauro había logrado hacer unas fotografías de unos hombres golpeando a un muchacho en el suelo. Los rostros de los victimarios eran visibles e identificables. Vi todo sin preguntar nada. Se estaba imprimiendo un panfleto para denunciar el abuso de poder.
Ese día comprendí que los Basconcelli estaban en la resistencia y que eso les traería más problemas.
Ese panfleto fue el causante que Mauro y Claudio se fueran del país. Los hombres que estaban en las fotografías eran escoltas de un político conocido y todos se veían claramente, incluso el político.
Ahora, la casa lujosa de los Basconcelli estaba sola y una turba entró a ella destruyendo lámparas, jarrones, pinturas en las paredes y cualquier cosa que fuese incomprensible para los nuevos moradores. Lo sé porque yo estaba allí.
Entré a la casa que había conocido aquella mañana en que se imprimían los panfletos. Fui invitado por el mismo Marco quien, debo decir, era un hombre muy culto y muy agradable.
La mesa del comedor era de fina madera de pino tallada sus patas por un artesano de otra ciudad. Igualmente, las sillas, las camas y todo lo que hubiese en madera se veía que era de buen gusto.
Sabía que los Basconcelli habían huido porque eso fue lo que unos alardeadores gritaron por el pueblo. Muchos curiosos se acercaron a los jardines descuidados pero no se atrevieron a pasar hasta que un grupo decidió hacerlo. Rompieron ventanas con piedras para entrar pero fue una violencia innecesaria. Al girar el pomo de la puerta principal este cedió y hombres y mujeres se atascaron allí por querer entrar todos al mismo tiempo.
Todos estaban embriagados de furia. Los muebles de la sala fueron rasgados con los cuchillos de la cocina buscando dinero escondido. Las mujeres lanzaban los vestidos de Roberta fuera de la habitación matrimonial diciendo que eran trapos de vieja. Algunas de ellas se ponían sus sombreros o sus blusas para después quitárselos y lanzarlos al piso mientras carcajadas infernales salían de sus gargantas sedientas de codicia. En ese momento reconocí a la secretaria quien desprendía los cuadros de las paredes buscando una caja fuerte que nunca encontraron porque simplemente nunca hubo una.
El primer empleado de los Basconcelli era un viejo llamado Armando. Él fue el tipógrafo del periódico, y estaba como yo viendo la crueldad en pleno desarrollo. Se acercó a mí y metió su mano en el bolsillo de su pantalón; sacó un par de gemelos y un pisa corbatas de oro. Lo vi hace un mes, fue para mi casa y me llevó esto –me dijo. Cerró su mano y la introdujo de nuevo en su bolsillo. Eran buenas personas, pronunció cerca de mi oído.
-No te quedes aquí, vete cuando puedas y si no puedes vete igual. La barbarie ha empezado, dijo cabizbajo.
Los libros de la biblioteca empezaron a volar de las repisas de madera. Muchas manos los agarraban e incluso los despedazaban. La Divina Comedia, Don Quijote, Los Miserables, La Isla del Tesoro y los tomos de una enciclopedia sirvieron de asiento para las posaderas de un hombre. Proust, Jung y los premios Pulitzer fueron rayados por los adolescentes que probaban los bolígrafos para llevárselos a sus casas. Agatha Christie, Dostoyevski, Mary Shelley, Dickens, Verne, Kazantzakis, Cavafis y otros autores tuvieron menos suerte, fueron quemados por no tener ningún tipo de valor.
En ese preciso instante pensé con cinismo –al menos, ahora, no echan a la hoguera a los escritores. Hemos avanzado en algo.
Se hizo de noche y aún los invasores rasgaban las paredes. En mi corazón yo deseaba que los Basconcelli hubiesen podido huir. Fumé un cigarrillo en el portal de la casa. Las risas ya cansadas se oían menos fuertes. La gente entraba y salía con una silla, un sartén, un tobo o cualquier cosa que pudiesen llevar en sus manos.
Entré de nuevo y caminé entre los papeles que estaban en el piso. Levanté un libro Churchill, que tenía unas páginas arrancadas, y con la mitad de los que fueron Cuentos de los Hermanos Grimm, no me importó.
Salí de allí con mis tesoros. Dos días después me fui del pueblo.
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