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Yo no soy poeta para escribir libros de poesía, me basta la poesía en la intemperie.
No temo a la muerte. Soy un resignado de la vida.
Escribo desde las vísceras y uno escribe así para sobrevivir junto a las miradas hambrientas de los buitres. Algún día parece que ambos nos vamos a devorar.
Mi orgullo se acrecienta en el combate y al final, lo frágil, lo más vulnerable, nuestra memoria se la come la carroña.
Sin vanidad, insisto, quiero tu sonrisa; si me amas, quiero tu mejor sonrisa y me despojo de orgullos y vanidades.
No mires la punta pornográfica de mi lengua que toca tu boca y lame tu cuerpo.
Dile a todos que no, que no somos un prostíbulo, diles que somos un templo de amor sagrado.
Seres espirituales con trajes de cuerpos con deseos sensuales y esperanzas contra la muerte, que aspiramos en el día final juntarnos en la unidad del Universo.
Somos los humanos que algún Dios nos privilegia con la tierra y la vida y soñamos nuestro amor contra la tristeza.
Soy el que pronuncia tu nombre en la oscuridad y siento alegría con tu presencia.
Escribo estas líneas de combate para sobrevivir a cualquier mal de la vida.
Somos un misterio, un enigma, un camino. Un misterio que solamente lo sabe el propio misterio.
Aprendemos a sobrevivir. Y en vano nos ocupamos de arrebatar el sentido al propio misterio.
Escribo estas líneas para que también sobreviva el niño que habita en tu cuerpo y mi cuerpo y no muera su inocencia.
Quiero permanecer en sus labios y quedarme en ellos. Inocente, vivir con esa sonrisa de niño la brevedad de la vida.