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Las mujeres son como los buenos vinos

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Mis años realmente productivos aún los sigo esperando, a pesar de haber adelantado estudios profesionales con anterioridad, el dinero recaudado por mi arte se me evapora de las manos con presteza, no sé si será por el sudor de las mismas, o tal vez sea por algún extraño fenómeno de alquimia, el cual inconcientemente he venido desarrollando ya que a cada ciclo de paga, el dinero sobrante de mis finanzas al ser manipulado por mi tacto resulta inexplicablemente convertido en cuantiosas jarras de cerveza.

A pesar de esta evidencia nunca he sido tomado por bohemio empero de emplear mis noches de final de semana en acalorados debates con congéneres de mi abolengo en temas diversos como: Plusvalía, historia, religión entre otros, acompañados eso sí, de uno que otro traguito de licor ( …¡Uno que baje suave por mi garganta, que tonifique mi lengua y incentive mis pensamientos, al ritmo de una canción rockera!).

De vez en cuando me dejo ver en un baile, sobre todo en esos donde se cree que se va a ¡azotar baldosa!, pernocto por aquellos sitios acolitando a alguno de mis compinches, máxime cuando este atraviesa su etapa hostil de fecundación.

Haciendo alarde de nuestra masculinidad salimos a la pista en busca de alguna que otra hembra deseosa de pasiones, por esos instantes mis facultades casanovescas se ven un tanto disminuidas, aunque a pesar de todo casi siempre me queda alguna despistada dispuesta a dejarse seducir, por mis destrezas danzantes y mi parlamentaria faldera, la misma que al transcurrir de la juerga no me da sino para ser un remedo de Romeo.

El problema creo yo, está en que mi cerebro no ha aprendido a manejar a la vez el ritmo del baile con la fluidez de la lengua. Mi futuro innegable como conquistador siempre ha estado esperándome, en las inconfundibles reuniones familiares (Matrimonios, grados, 15 años, etc.).

Es en estas lides donde he cosechado mis mejores trofeos, creo que sea por el ambiente, o tal vez pueda ser por las complacencias que me son otorgadas por parte del cuerpo de servidumbre, que no escatima en esfuerzos y obligaciones sobre todo al enterarse de mi afinidad con el agasajado, siempre con vistoso esmero se dan a la tarea de no dejar mi copa vacía, autorizándome a degustar toda la noche del mejor whisky de la manera como a mí más me gusta: ¡frió y gratis!.

Al borde de la medianoche descubro por boca de un tercero, que he creado simpatías en alguna doncella que me espía en la clandestinidad, que no está sino esperando su oportunidad para saltar entre mis fauces…, a propósito de cazería, siempre he sido gustoso de apuntar con mi cañón a especímenes grandes o de edad madura, atendiendo aquel adagio popular que reza “yegua vieja potro joven”.

Beneficiado por ellas como ese amigo con derechos que nunca falla, he aprendido al dedillo la delectación en su coquetería simulada, la reservada atracción de sus arrugas trasnochadas y ni que decir de ese impulso digestivo que me causa el sentir muy cerca mío ese ronroneo agitado de sus roncas voces, que razón tuvo el que dijo: “ ¡las mujeres son como los buenos vinos…..…!”.

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