Entrada al concurso:"El viaje del héroe o la heroína"|No me arrepiento de nada.

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Por Maldon Bensen
(Imágenes creadas con Gemini AI)
Como todas las mañanas, despierto con los primeros rayos de Tzol. No lo hago como los demás, claro está; congelado en esta incómoda pose de ataque desde hace milenios, no duermo muy bien a pesar de flotar por todala eternidad. Tampoco puedo sentir mucho más que la magia del viejo Rey Dragón, fluyendo por todos mis poros hacia los ávidos espíritus de abajo. O escuchar otra cosa que mi propia sangre, vitrificada por el tiempo y golpeteando en mis oídos. Sin embargo, divino milagro, puedo verlo todo. Y eso, ese pequeño alivio de poder ver el mundo a mis pies desde todos lados, es lo que me ha mantenido cuerdo en todos estos siglos.

Ya tengo como rutina diaria recapitular los pasos de mi vida. Desde que madre Umma me acogió en su tribu, pasando por los años que entrené para volverme un adulto entre los orcos o mi duelo con el jefe Puño Sangriento por el liderazgo del clan hasta las batallas campales con otros clanes o con otros dragones por alguna fruslería. También, como no, recuerdo con particular cariño mis tiempos de estudioso, cuando asustaba entre risas a los nerviosos elfos de las ciudades-fortaleza junto a mi amiga Vannari o planeaba cómo fugarme de alguna alambicada recepción de la nobleza a la que pertenecía mi peliplateada compinche. Sin embargo, el que más y mejor recuerdo fue el día en que mi verdadera madre, Nocturna Llamaverde, me reconoció como uno de los suyos. O cuando derroté al maldito cretino cuyo poder me hizo terminar convertido en una estrella de maná.
Es en ese momento, cuando llego a mis últimos recuerdos como imperdrako libre, que mi vista se tuerce sin querer. Pues ÉL, aquel demonio que me hizo abandonarlo todo, sigue esperando mi menor descuido.
Desde el suelo, visto por los que ahora me rinden culto y me llaman “Gran Espíritu”, mi némesis se ve un poco más pequeña que yo, pero su cuerpo contranatura y su brillo insano son varias veces mayores que los míos. El Devorador, El Gran Mal, El Ojo de Fundrus. Muchos nombres tiene y ha tenido este monstruo, al que para mi desgracia la gente adora sin saber el peligro que corre. Porque fue él quien amenazó con consumir mi hogar.

Yo, el único capaz de volar en el vacío, lo enfrenté en su terreno antes de que fuera demasiado tarde. Destruí a Los Gemelos para sellarlo, incendié la magia para matarlo de hambre, me sacrifiqué a mí mismo para crear una barrera. No pude aniquilarlo; tan sólo detener su avance, sellándome para que nunca volviera a moverse. Algo irónico, considerando que yo también quedé inmóvil.
Sin embargo, no me siento mal por haberlo hecho. Logré salvar a mis congéneres. Devolví poco a poco la vida a este mundo, justo con el mismo fuego que usé para quemar el aire y que ahora recorre cada fibra de la nueva vida que nació de las cenizas. Me alegré cuando vi volver de la nada a los elfos de fuego y a los monjes del Vacío. También cuando salieron de la tierra los monolitos que sellaban la esencia de los elfos que no pudieron salvarse. He visto imperios humanos caer y levantarse. He visto a los propios humanos nacer y a seres antiguos levantarse del polvo sólo para desaparecer en el olvido. He observado la más pequeña de las rocas y el más alto de los árboles, contemplando el mundo a través de todos los que comparten mi bendición. Por aquellos a los que mi luz baña, mi labor siempre será vigilar al Gran Mal…y reventarlo a golpes si alguna vez mueve un tentáculo. Un día volveré a caminar entre los vivos, pero eso significaría que he fallado. Así que sigo inmóvil y con un ojo puesto sobre mi némesis, pues nunca se sabe cuando se le ocurrirá dar señales de vida.
Mi único consuelo, por ahora, es seguir observando,de posibilidad hasta que la realidad deje de existir. Cuando pienso en los errores y las experiencias que me trajeron aquí, siempre llego a la conclusión de que fueron algo necesario y no me arrepiento de nada. Ese fue mi viaje como héroe…y mi viaje, a pesar de todo, aún no ha terminado.

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