Se miró en la profundidad de su alma, el silencio era abrumador para los días y las noches silenciosas; él se había perdido por un amor su corazón lloraba en silencio.
Los gritos callados querían brotar de su alma, el dolor quebrantaba su esencia, su orgullo ya no era nada, por sus venas corría la desilusión de la vida, el desamor que su corazón había sufrido dio su vida entera.
Se entregó a los besos esos qué con sólo rozarlos te embrujan cómo la luz de la luna cuando está en todo su esplendor de su mágica luz, esa mirada que se adentró en su alma derrotándolo en las noches de pasión.
Las caricias que lo debilitaban pero a la vez eran su fuerza para qué su corazón latiera y su alma brillara de estar viva, momentos de ternura y lujuria que él vivió al lado de ella.
No comprendía en qué momento se fue quebrantando el amor que ella decía sentir cada vez que se entregaba a él, caricias, besos, entregas en noches frías donde las convertían en fuego de primavera.
Ahora quedaba él y los recuerdos que lo mantenían con vida y que en las noches silenciosas lo hacían estremecerse de solo imaginar sus bellos labios juntos a los suyos.
El embrujo de noches ardientes seguían en su memoria, adheridas a su piel dónde lo mantenían caliente en las noches de invierno.
Los besos de embrujo por los cuál había perdido toda su cordura cayendo en el laberinto de su propia locura por no tener el amor y el cuerpo desnudo dónde era su templo para refugiarse cuándo sentía el dolor de su alma.
Y aquellos brazos que le brindaban toda confianza y ternura de estar junto al amor de su vida.
¿En qué momento había perdido la brújula de su corazón de quién había amado tanto?, más, más que a su propia alma entregándole su vida.
Él se miró en la profundidad de su alma en el vacío de su corazón, dónde él ya no era nada, sólo una sombra en la inmensidad de la noche.