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Mientras dejaba atrás esa ciudad que había querido tanto, por el espejo retrovisor de mi viejo auto verde, podía ver los árboles mecerse como saludando o despidiéndose. De fondo, el arrebol le daba un marco inesperado y bello a ese inmenso cuadro vivo; ahora prisionero en mi pequeño espejo.
Quería pensar que el alma de un querido amigo elevándose, era la autora de aquella obra; pero no, era el Sol yendo a descansar y un agitado viento que estaba de paso.
Esa tarde aprendí que las ciudades, para dejar de ser un conjunto de cemento y metal con ruidos absurdos, y convertirse en mágicas, debían tener algún tipo de amor para nosotros.
Hoy creo que la hospitalidad que nos brinda un amigo, los recuerdos que esperan ser contados por un familiar, o ese aliento tibio cerca de nuestra boca de la mujer que nos espera; hacen que cada sitio se ilumine, se maquille, se vista con su mejor atuendo, y nos espere.
Después de que muchos caminos me vieron ser parte de su paisaje, a veces un rato largo y otras más efímero; sigo por esta ruta infinita buscando almas escondidas en ciudades desconocidas; almas que están esperando la mía, y mi alma a ellas...aunque ninguna lo sepa.