El calor golpea mi piel, me ha sentir agotada. Doy pequeño pasos hacia la entrada de la casa pero no tengo energía. Acabada, esa es la palabra.
Nadie puede salir de sus casas o el virus los mata, pero en este lugar, nadie puede quedarse dentro de sus casas, o el calor te va consumiendo y al final deseas escapar y sales al exterior donde solo terminas muerto.
Este virus se expandió alrededor del mundo hace solamente seis meses, sin embargo ha acabado con una gran parte de la población. En un principio se imaginaban el hecho de zombies andantes que querían comer tu cerebro, pero no lo es.
Es mucho peor.
Los zombies los ves, este siniestro virus no. Están en tus vecinos, en tus amigos, en tus seres queridos y no lo notas hasta que lo posees tu y empiezas a toser y tener dificultad para respirar y luego mueres.
Así de rápido, sin poder despedirte, sin poder decir adiós.
En mi familia somos cuatro personas, mi hermano y mis dos padres. Nos enteramos un poco tarde de toda la situación, la primera en enterarme fui yo. Las redes sociales nos alertaron cuando prácticamente todo el mundo estaba contaminado, así que caímos en terror. Nos encerramos en casa, no salimos a nada durante dos semanas, esperando, siendo pacientes, creyendo que pudiésemos tenerlo. Pero no… el tiempo pasó y no presentamos nada.
En nuestra calle vemos como todos han ido colapsando. Los vecinos de enfrente demoraron solo un mes en salir, se habían terminado sus provisiones. El padre fue quien salió ese día en su vehículo, regresó con varias bolsas de comidas y el virus, que luego pasó a los cinco hijos y a su esposa. El centro de epidemiología los recogió tres semanas después, aún con vida, pero quien sabe cuanto durarían.
Luego al final de la calle la familia Anderson. Una pareja joven, salieron juntos en vehículo, sí, estaban completamente forrados, desde trajes de plástico, guantes y tapabocas. Aún así, cuando volvieron trajeron con ellos el virus. Ellos no tuvieron la suerte de salir con vida de su pequeño hogar.
El día de ayer salieron mis vecinos de al lado, los Moscada. Vimos como se montaba rápidamente el señor de unos sesenta años en su camioneta, para regresar tres horas más tarde con una bolsa llena de alimentos. Aún no sabemos si están contagiados pero, sin duda no nos arriesgaremos a enterarnos.
¿Cómo hemos aguantado tanto mi familia? Pues sinceramente, fue por la mente desestabilizada de mi padre. Ha estado preparándose para el final del mundo desde hace más de diez años, así que creo huertas en nuestro patio trasero, almacenó una gran cantidad de alimentos en nuestro sótano, como arroz y granos sin contar con la gran cantidad de frutos secos. A pesar de que lo creíamos loco en aquel momento, hoy nos ha salvado. Gritó durante los primeros días que el siempre había tenido razón.
Pero, desde hace unos días el clima ha cambiado, es verano, pero no un verano como otros. Normalmente en nuestra ciudad la mayor temperatura años atrás había sido de 40 grados centígrados, pero hace unos días nuestro termómetro ambiental arrojo un 50, hoy va en 55.
No lo soportamos, nuestros aires acondicionados no dan abasto, simplemente no enfrían como deberían y solo nos generan humedad.
El primer día de esta semana mi padre entró en una crisis total y real, con un termómetro que mostraba una temperatura de 57 grados centígrados su pequeña plantación estaba totalmente muerta. No había quedado ni una mata de tomate, o de pimentones, o de zanahorias, todo había muerto.
Lloró como un niño, desesperado. Pero aun teníamos de la comida almacenada, o eso creíamos.
Ayer bajé a buscar dos tazas del arroz, al abrir el contenedor el olor fétido no se hizo esperar, todo el arroz estaba lleno de moho. Revisamos los granos y estaban igual, procedimos a abrir los frutos secos y se encontraban en la misma situación. Nos habíamos quedado sin comida.
La preocupación no demoró en aparecer. Fue nuestro primer día sin comer. Sin embargo intentamos mantener la calma mientras establecíamos un plan.
Pero el calor en la noche se intensificó, nuestro cuerpo no toleraba la ropa, ni la más suave, ni la más cómoda. Estábamos cocinándonos dentro de nuestro propio hogar, no nos molestamos en siquiera buscar el termómetro, sin duda estaríamos por encima de los 60 grados.
Tratando de buscar humedad, nos movimos al patio trasero, esperando la brisa nocturna nos ayudara y nos equivocamos, no había viento a nuestro alrededor. Aún así, debido a lo abierto de la zona, el calor se alejó de nuestros cuerpos, y se hizo tolerable el dormir.
Quizás demasiado tolerable, quizás como parte de una trampa de la naturaleza. No sé si alucino, pero en mis sueños la veo, la madre naturaleza, una forma grande alta, cubierta de arboles y animales, tratando de asecharnos, tratando de aniquilarnos.
Me despierto sobresaltada debajo del tanque de agua donde me he dormido. Estoy totalmente caliente, hirviendo. El sol ha salido, mi brazo se encuentra quemado, rojo, con pequeñas burbujas de agua en el lugar donde el sol me pegaba.
La luz no me deja ver con claridad, estoy débil, debo estar deshidratada, así que me toma unos minutos salir debajo de aquel tanque, me arrastro por la tierra que está muy caliente, me quema la piel de las manos apenas la toco. Luego de muchos tropezones logro estar de pie, mis ojos por fin se adaptan, y los busco alrededor.
Ahí están, mis padres y mi hermano aún dormidos, camino hacia donde están y los muevo, debemos regresar al interior de la casa, los muevo en un inicio suavemente, luego con mucha más fuerza, pero nada. Sus rostros, todas sus caras están quemadas, rojas y con grandes burbujas de agua que se rompen cuando los muevo, pero no hay respuesta.
Están muertos.
El calor, el sol, no sé que los ha matado. Estoy en desesperación, no sé donde correr, no tengo lágrimas para llorar. Así que empiezo a caminar sin sentido, siento mis piernas pesadas, sin duda parezco un zombie. Dentro de casa el calor es mucho peor, así que hago lo que nunca pensé, porque realmente no estoy pensando, realmente no soy yo, es mi mente, lo último que queda de mi lo que me mueve, y salgo de mi casa. Apenas salgo el sol me golpea mucho más fuerte
No tengo protección, aunque no creo que soporte tener ni siquiera un tapaboca sobre mi cara. Siento como si me incendiara por dentro, siento como si mi sangre arde.
Siento como si fuese una patata que flota en agua hirviendo. Y ahí lo entiendo, nunca hubo formas de escapar de aquel virus, porque el mayor virus somos nosotros y la tierra solo se defiende.
Caigo en la gravilla hirviendo, mi cara se quema con el contacto, pero ya nada importa, los seres humanos no debemos existir. Simplemente debemos morir.
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