El miedo de Paco

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En el cielo los fuegos artificiales deslumbraban a los espectadores con sus mágicos colores y luces. Todos miraban embelesados, menos un alma que corría sin mirar atrás, desesperado, sintiendo que su vida corría peligro.

Pasaba al lado de cada persona sin detenimiento, empujaba a todo aquel que se aparecía en su camino. El reloj de la plaza marcaba las 12:00 de la noche. Era el fin del año, y el inicio del nuevo, todos los recibían con vítores, abrazándose unos a otros. Pero Paco solo corría.

No acudía a ningún lugar especial, como las personas que lo rodeaban que buscaban a sus familias para abrazarlos. Él no tenía una familia que abrazar, o alguien que lo abrazara.

De la nada, las luces de un vehículo le cegaron, frenando en seco delante de él. El chirrido de las ruedas casi no se escuchó por el estrépito de toda la pirotecnia alrededor. Sin embargo, aunque estuvo a punto de ser atropellado Paco siguió su camino.

Quería marcharse lejos, su corazón le insistía en que saliera de ese lugar, no sabía donde llegaría pero tenía esperanza de encontrar un refugio.

Cruzó la calle, trepó sobre una baranda y con la parte de un alambre aruñó su piel. Le dolía pero eso no le impidió seguir moviéndose. Sentía que sangraba pero no le importaba, solo quería salir de ahí. El monstruo que le causaba tanto terror lo perseguía, no le dejaba y le encontraba a cualquier lugar donde iba.

No sabía que hacer, solo quería seguir corriendo. De pronto, llegó al final de una calzada y ya no hubo más tierra firme donde apoyarse. Cayó por el barranco rodando sobre sí mismo. Gritó de dolor, lloró y sintió como las piedras y palos se incrustaban en su cuerpo.

Le pareció una eternidad, pero al fin dejó de rodar. Sus ojos veían las luces parpadeantes en el cielo, sentía al monstruo acercándose, pero ya no tenía fuerzas para moverse. Cada parte de su cuerpo le dolía, sentía como la sangre caliente se derramaba por su cuerpo.

Justo frente a él, una familia se abrazaba unos a otros. Una niña corría donde su padre y era recibida con los brazos abiertos. Ahora Paco percibía el olor de la comida, pero a pesar de tener tanta hambre no quería comer, solo quería detener su corazón que parecía estallaría.

Cerró los ojos y lloró. Lleno de miedo se lamentó por estar solo, desolado, abandonado... pensando que quizás su destino fue cruel pero al menos había visto una bella familia antes de partir. De pronto, unos crujidos en la gravilla le hicieron abrir los ojos.

El padre de la niña, se acercaba poco a poco hasta su dirección. Sus pasos eran cautelosos, caminaba lento pero le miraba directamente. A pesar de todo, Paco no le tenía miedo. Así que aún entre lágrimas y llanto, simplemente permitió que el hombre se acercara.

En su mano llevaba un pedazo de carne que olía divinamente.

-Hola, pequeño, ¿Qué te sucede? ¿quieres un poco? - con delicadeza el hombre dejó ante la boca de Paco el trozo de carne, pero él no lo quería, solo seguía llorando.

-Marie, está herido, no tiene hambre, creo que lo llevaré a casa - gritó el hombre a su espalda. Justo detrás de él se habían acercado una mujer y la niña, Paco no se había fijado, se sentía cada vez más débil. - Bien amigo, me llamo Ruben. Déjame ayudarte, te cuidaré... lo prometo. - dijo dulcemente pero esta vez dirigiéndose a él.

Con cuidado puso sus manos en su cabeza, lo acarició unos segundos y Paco gustoso lo permitió. Como si se tratase de cristal, Ruben lo cargó y caminando de prisa lo llevó dentro de la casa. El interior del lugar olía mucho más a comida, estaba caliente, pero lo mejor era que no se escuchaba el monstruo que lo había seguido durante toda la noche. Se había marchado.

Sintió como su corazón se normalizaba, sintió como todo el miedo se iba de su cuerpo. El salvador, con paciencia y amor curó la herida y la cubrió. Revisó todas las patas de Paco, algunas estaban con pequeños cortes que poco a poco fue curando.

-Bien amigo, creo que hemos terminado de curarte. ¿Ahora quieres comer? - preguntó nuevamente a Paco ofreciendo más carne, la cual ésta vez lejos del peligro, aceptó gustoso. - Creo que te asustaron los fuegos artificiales ¿no es así? - le acariciaba la cabeza, las orejas y suavemente su pelaje marrón. - No sé como te llamas, pero creo que si te agrada, serás parte de ésta familia ¿Te parece?

Paco no entendía todo lo que decía el hombre, pero cuando escuchó su tono dulce, simplemente lamió sus mejillas sin parar. Ésta oportunidad en vez de sentir miedo, en su corazón hubo mucha felicidad.

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Los humanos, somos sin duda la peor plaga que está en el planeta tierra. Hemos destruido bosques y playas, extinguido especies y cada día dañamos a otros seres vivos que no lo merecen.

A pesar de las innumerables campañas que se han efectuado en contra de la pirotecnia en los últimos años, el egoísmo de las personas sigue utilizando éste tipo de instrumento para sus fines recreativos, causando más daños que bienestar. Y ésto no afecta únicamente a los perros y gatos, también genera daño en niños autistas... Evitemos dañar. Tomemos conciencia, todos merecemos vivir en paz y armonía.

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Imágenes: Autoría propia, 2019
Cámara: Samsung J7 pro, 13 megapíxeles.
Gif editado por autor, en programa Photoshop Cs5