El sol brillaba fuerte en lo alto de la colina. Miguel estaba exhausto, sus pulmones le quemaban, sentía que no aguantaba más pero aún así se sentía más vivo que nunca. Michelle siempre lo había obligado a hacer cosas que él detestaba, pero nunca había logrado que él subiera todo el pico de niebla.
El lugar era hermoso, no lo podía negar, y entendía el origen de su singular nombre. A su alrededor la neblina danzaba impidiéndole ver con claridad las rocas y vegetación del lugar, pero divisaba el pueblo donde había crecido, el río donde se había caído cuando tenía seis años y jugaba a pescar con su primo Ernesto. La punta De la Torre De la Iglesia que terminaba en una cruz. Ese lugar siempre fue mágico, no porque él fuese religioso, o devoto a nada, más bien porque fue donde la conoció, hacia dieciséis años. Juntos habían tomado ese verano las clases de catecismo y habían acabado siendo buenos amigos.
A la derecha veía los grandes abetos que se encontraban en el parque, el lugar donde la beso por primera vez hacía diez años. Después de tanto dudar, por fin lo había logrado, y para su sorpresa, la chica de sus sueños no lo había rechazado. Y al frente del parque el pequeño campus universitario.
Quizás la universidad de San Andrés no fuese la más conocida, ni la más grande, pero fue el lugar que recorrió junto a la mujer que amaba. Ella había escogió estudiar literatura, su corazón siempre había sido romántico. Miguel había decidido involucrarse en las artes audiovisuales y no se arrepentía, gracias a eso tenía una colección de fotografías de la mujer más hermosa que pudo haber conocido. Sus caminos siempre estuvieron entrelazados y siempre habían estado el uno para el otro.
Ella, con su singular sentido del humor siempre le había hecho muy feliz, y aunque Miguel odiara hacer actividad física siempre terminaba en alguna clase de yoga, gimnasia, o danza, solo para regalarle un poco de esa felicidad que ella le transmitía.
Después de muchos minutos deleitándose con la vista, decidió sentarse.
Esto es magnífico Michelle, juro que te agradezco hacerme subir - su voz era un susurro. Sacó su cámara y fotografió el escenario para llevar consigo una prueba de que aquel hermoso momento existió, con ella siempre todo era perfecto. Su calidez siempre le daba ánimos para seguir adelante, sus ojos siempre lo instaban a dar más de si mismo. - llegó la hora cariño, como te lo prometí.
Con lágrimas en los ojos, se acercó a su mochila, sacó un pequeño jarrón de plata con unas finas letras grabadas. Con detenimiento la miro, ella quería esto, ella se lo había pedido, así que sin meditarlo ni un minuto más, abrió el contenedor, se acercó al borde del precipicio y suspiro.
-Adiós querida amada, has sido la mujer perfecta para mí, siempre te tendré en mis pensamientos. Te amaré por siempre cariño - susurró, mientras las lágrimas caían por su frío rostro. Y arrojo las cenizas del amor de su vida al viento, para que fuese arrastrado por todos los espacios donde había sido tan feliz durante toda su vida.
Abatido, con el corazón destrozado, el hombre cayó sobre sus rodillas y lloró.
Lloró por todo lo que pudo ser y no fue, por el horrible cáncer que le había dejado sin fuerzas, sin cabello, sin su hermosa sonrisa. Por no haber podido salvarla, y por tener que despedirse de ella aún cuando no quería hacerlo.
Porque en el amor nunca deberíamos decir adiós.
En el amor nada debería llegar a un fin.
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