Los dedos de la secretaria golpeaban fuertemente cada una de las teclas de la vieja máquina de escribir. En su cara se dibuja una expresión de desagrado, estaba molesta, cansada. Su horario laboral había terminado hace mucho tiempo. Sin embargo seguía ahí, sentada en aquella desgastada silla de oficina con el cuerpo sudado y con dolor en cada uno de sus músculos.
Sabia de la injusticia en la cual se encontraba pero ¿Quién la defendería? De quejarse, únicamente perdería su empleo y debía llevar alimento a su hogar, a sus pequeños hijos. Así pues, a pesar de toda su molestia prefería callar y terminar todo aquel trabajo excesivo lo más rápido posible.
Y eso terminaba siendo las ocho de la noche. Salía del pequeño edificio cargando su portafolio de cuero y al sentir como el aire nocturno golpeaba su rostro le proporcionaba alivio. Al menos las calles estaban iluminadas, así que se apresuraría a llegar a su hogar.
Mientras caminaba, llegaban a su mente una gran cantidad de pensamientos, la manera como su esposo los había abandonado hace muchos años cuando nació su hijo pequeño. Sentía un gran peso en su pecho cada vez que pensaba en eso, sin embargo, ya no le dolía como antes, pero todo aquello la llevo a trabajar en exceso y como resultado solo veía a sus pequeños unas cuantas horas al día; en la mañana, cuando les servía el desayuno y en la noche, cuando los acostaba a dormir.
Su tacón repiqueteaba en el duro pavimento, y ella recorría cada calle con seguridad. Lo que más quería era llegar a su pequeño hogar, ver la sonrisa de sus pequeños.
Pero no sabía lo que el destino le deparaba, el dolor que experimentaría unos minutos más tarde, cuando atravesara la verja de su pequeño hogar y encontrara desolación.
Todas las luces de la pequeña casita estaban apagadas, de inmediato un mal presentimiento se caló en sus pensamientos. Soltó el pequeño maletín y corriendo se adentró a la sala de estar. Encendió las luces, pero no había nadie. Solo le bastó dos minutos para recorrer la pequeña casa. Dos cuartos una cocina, una sala de estar y un baño. Todo estaba desierto.
En el centro de la casa estaban los juguetes con los cuales estuvieron jugando los pequeños. No estaba el almuerzo en la mesa de la cocina, quiere decir que habían almorzado. ¿Dónde estaban? ¿Qué había sido de ellos?
Sin importar lo que pudiesen decir, la mujer empezó a correr por toda la calle gritando los nombres de sus jóvenes hijos, en las puertas de las casas empezaron a aparecer los vecinos quienes negaban haberlos vistos. Todos los conocían, pero nadie sabía del paradero de los niños, hacía muchos días que nadie los veía.
Inmediatamente la mujer corrió a la comisaría más cercana, reportó la desaparición pero no era prioridad. Era más importante resolver otra clase de homicidios, de otra clase de personas. Así que solo la dejaron esperar.
Nadie salió a buscar a sus niños, nadie la ayudó.
Con la cara llena de lágrimas, y el corazón pisoteado regreso a su casa donde muchos de los vecinos recorrían la localidad con linternas, palos y gritando el nombre de los pequeños. Obviamente no hubo respuesta. Nunca volvieron con su mamá.
Con los días los amigos y allegados solo traían flores, asumiendo la pérdida de aquellos pequeños. Pero algo le decía que no era verdad, que pronto ellos volverían, saldrían de donde estuviesen escondidos para decirle que habían ganado, que su juego de escondite había sido grandioso.
Así que los esperaba, cada día salía a su jardín y gritaba su nombre, los llamaba, los anhelaba. Pero no aparecían.
Poco a poco, quienes la veían se daban cuenta de cómo se consumía ante el dolor y la angustia. Ya no era la misma mujer. Ya no comía, ya no reía. Solo recorría las calles llamándolos una y otra vez.
Hasta un día, que en medio de la calle gritó que los había escuchado, que la llamaban. Y corrió tras ellos, corrió y corrió buscándolos, adentrándose profundamente en el bosque, donde luego cayó en un risco y murió.
Con los días la pequeña casa estuvo en venta.
Todos hablaban de lo que había ocurrido. Todos estaban llenos de dolor, pero poco a poco lo fueron olvidando. Hasta años después, cuando el pequeño hogar por fin se vendió.
Las paredes estaban llenas de polvo, el piso de madero viejo y curtido tenía muy mal aspecto, pero al nuevo matrimonio nada de aquello le importaba. Creían que habían encontrado el hogar perfecto.
Sacaron todos y cada uno de los muebles de aquel lugar, limpiaron el piso, las paredes. Decidieron renovar la alacena de la comida, así que sacaron tabla por tabla de aquel estrecho lugar, pero lo que encontraron revivió el caso que ya muchos habían olvidado.
El cuerpo de los pequeños niños había sido cortado y guardado en aquel lugar. Estaba la ropa de ellos, manchada con sangre seca. Pero había más. Un vestido de flores, manchado de sangre y suciedad.
Nunca habían desaparecido, nunca nadie se los llevó. Fue su madre quien los mató y llena de remordimiento y pesar simplemente enloqueció.
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