Joséphine Baker y mi prima Gladys

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El carro avanzaba por una trocha de tierra húmeda después de abandonar con lentitud la humilde estancia marense. Era un Ford azul, modelo 1957. Atrás, lo miraba llena de inquietud Rubia Paz, de veinte años. Su rostro era un mar de llanto. De pronto, empezó a correr de manera desaforada rumbo al portón como si la impulsara un apremio de vida o muerte. Estaba segura de darle alcance, pues el conductor tendría que detener el vehículo para lidiar con un portón enmarañado y difícil de separar: era de alambre de púas.
“Apenas habían caído los primeros aguaceros. Era abril de 1959 y nos preparábamos para sembrar”, me contó mi madre muchos años después.
Se llamaba Guillermina Polanco y había partido de la Guajira (municipio fronterizo en el occidente de Venezuela) en febrero de 1958 para establecerse en Las Parcelas de Campo Mara: una comunidad rural situada al norte de Maracaibo conformada para esa época apenas por un puñado de casas. Ella tomó la resolución de invadir un terreno de tres hectáreas, casi selvático, para alojar a una hermana con siete hijos y una prima con otros dos pequeños; en la que sobresalía Gladys de apenas nueve meses de edad.

Al cabo de un tiempo aparecieron otros parientes que hicieron de los fines de semana una cita obligada, como las hermanas Aurora y María Ángela Montiel Polanco.

La primera había sido diputada al Congreso Nacional en la última etapa del gobierno de Marcos Pérez Jiménez y la otra, fungía como asesora indigenista en el Consejo Venezolano del Niño (nombre del organismo encargado para la época, de la protección de menores). En ese ir y venir conocieron el deseo de mi tía Rubia Paz de entregar a Gladys a ese organismo ante la imposibilidad brindarle educación, pues no tenía trabajo y vivía a expensas de mi madre quien comenzaba a abrirse paso en aquel lugar generoso en procura de redención para dos numerosas familias.

Un domingo soleado como las ocho de la mañana se presentaron las hermanas Montiel Polanco con la misma familiaridad de siempre, pero en esa ocasión se acompañaban de una distinguida invitada: era una morena espigada y de apariencia sencilla, se llamaba Josephine Baker: bailarina, actriz y cantante norteamericana que había descollado en los escenarios de su país por los años veinte y treinta. Más adelante se hizo ciudadana francesa y por su lucha a favor de este país en la Segunda Guerra Mundial, recibió las más altas condecoraciones. También destacó como activista en el movimiento por los Derechos Civiles que había liderado Martin Luther King en Estados Unidos.

En 1956 esta artista decide adoptar doce niños provenientes de varias partes del mundo a los que llama "La tribu del arco iris", como una manera de recordarle al mundo que las razas no tienen fronteras a la hora de hermanarse. Ella había sentido en carne propia los efectos de la discriminación, pese a ser para esa época una figura de gran renombre.

Mi prima Gladys, en representación de la autoctonía latinoamericana, iba a darle un nuevo matiz a ese clan multicolor.
Mi madre quien murió en 2002, me dijo que la señora Baker irradiaba gran espiritualidad, tal vez porque aprendió a interpretar en demasía el precepto de amar el prójimo por encima de prejuicios raciales. Pese a las comodidades que le ofrecía la fama, ese día no se sintió indiferente a las atenciones de la matrona indígena, quien le ofreció un chinchorro multicolor para que pudiera descansar desde un acogedor bohío techado con palmas. También disfrutó de una ración de újolu; la bebida hecha de la cocción de maíz con un toque de azúcar y favorita de los wayuu. Así mismo quedó fascinada con las mantas que lucían las anfitrionas y llegó a comparar con las túnicas usadas por las mujeres árabes. En aquellas breves horas en que permaneció en Mara, quería ahondar más acerca de las tradiciones de este pueblo milenario, que a partir de ese momento establecería con ella un vínculo para siempre.

Una vez concretados los trámites de la adopción vino la despedida. Cuando el carro que transportaba a la señora Baker se detuvo frente al portón y el chofer descendía cauteloso para abrirlo, fue sorprendido por los gritos de la madre arrepentida, que en medio de un copioso llanto reclamaba de nuevo a su pequeña. La artista, conmovida por esa inesperada reacción, entregó la niña, no sin antes despedirse de la progenitora con un fuerte abrazo, como una demostración de su innegable nobleza
Ante ese imprevisto Baker se dirigió a Paraguaipoa –al norte de Maracaibo– con sus dos guías en busca de otro niño wayuu, que encontraron casi al atardecer después de completar arduas diligencias. En ese imperioso trajinar hicieron de nuevo los trámites de adopción, y previendo que no se repitiera la situación de Gladys; lo bautizaron en la iglesia San José con el particular nombre de Mara, en honor al héroe aborigen y epónimo de la capital del estado Zulia.
Al siguiente día, emprendió viaje a Paris en brazos de su orgullosa mamá quien lo llevaría a su nuevo hogar: al legendario castillo de Les Milandes, donde se alojaba el resto de la tribu multicolor.

Quince años después en 1974, la señora Baker regresó a Venezuela para una presentación en el programa “Sábado Sensacional”, que conducía Amador Bendayán. Ese día cantó al lado de sus ya adolescentes hijos, entre ellos mi paisano Mara, quien en un corto saludo en castellano y con marcado acento francés se dirigió sin vacilación a los televidentes.
En la imagen de la TV, Joséphine estaba sentada y lucía unos anteojos oscuros. Tenía el pelo encanecido y a pesar de que el televisor de mi casa era aún a blanco y negro, podía captarse una palidez en su cara, que revelaba el semblante de una mujer consumida. No había rastros de sus primeros gloriosos años recogidos en películas y en tantas revistas: era como si hubiera aparecido solo para despedirse de este mundo.

Joséphine Baker falleció en París el 12 de abril de 1975, a los 69 años tras sufrir un derrame cerebral. Según las crónicas de la época, sus restos fueron sepultados con honores militares en el cementerio real de Mónaco, siendo la primera mujer estadounidense en recibir tal homenaje.

Esta pequeña historia la conocí desde mi infancia gracias a la fuente testimonial de mi madre, quien fuera para aquel lejano día del año cincuenta y nueve, anfitriona casual de esta diva norteamericana.
Hoy Gladys cuenta con una profusa familia: tiene ocho hijos y seis nietos. Vive en un caserío rural del municipio Jesús Enrique Lossada al oeste de Maracaibo al lado todavía de su querida madre. Y así, bajo el influjo de la rutina doméstica trascurre el tiempo para Gladys, sin imaginar que hace cincuenta y siete años pudo ser la hija de una celebridad mundial.

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