Quizás nunca me alcance el verso para homenajear a Doña Gertrudis Gómez de Avellaneda, principal voz femenina de las letras decimonónicas cubanas. Sin embargo, aquí voy; este es mi intento que bebe de su intercambio epistolar con Ignacio Cepeda, su amor más intenso y frustrado.
a Tula
Deseaba, mi bien, habitar entre laureles
allí donde todo nos fue ángel.
Me expulsaste del Parnaso
incendiada como los cuerpos de luz,
me quemé para tus ojos.
Algo en mí desquicia a los pájaros
una libertad , un suceso de la tinta
y de la sangre.
Me nacen brazos de ceniza
entre los pechos
que insisten en alcanzar amor.
Madera adentro hasta la empuñadura.
fuiste un argonauta,
temeroso de mi falda
de mis monstruos multicéfalos,
y del remedo de poesía
que aún sientes
enloqueciendo a los pájaros
más allá del deseo y los abrazos...
Yo , humo muerto,
imagen votiva
incenciando en desgarradura.
Ángel, sobre una rama,
clava tus uñas en el vientre,
tu pluma en el mismo vientre
y regresa al estado auroral,
hermoso hasta la tinta de mi sangre.
Agradezco siempre la calidez con la que me reciben.
Hasta un nuevo poema.
Les dejo abrazos de luz.
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