Al fin se hizo el silencio después de una noche, que parecía que no iba a acabar nunca, los oídos aún me palpitaban en el interminable zumbido acompasado de este segundo corazón que inundaba mi garganta de un salado sabor a sangre. El aire, era como papel de lija atravesando la garganta y las fosas nasales, donde se mezclaba con saliva y sangre, haciendo más persistente el latido.
De los míos, sólo quedé yo, el más imprevisto, el menos esperado, pero a la vez, el más precavido, toda una vida preparándome para este momento, en una sucesión de noches primaverales, coincidentes con la fecha como forma de anticipar un momento que finalmente acabó sucediendo. La muerte, era eso, algo tan simple pero a la vez, absoluto, es lo más cercano que he estado de la idea de un Dios.
Camino en solitario alejándome, intentando olvidar, esperando quizás que en ese deambular, tener un mejor final, que en los sueños.