Quedaba poca gente en el Izakaya y las botellas de sake se acumulaban en la mesa. La mirada de ella, tenía el rumbo fijo la mirada de aquellas personas que habían decidido tomar la acción aun en contra de sus principios. El, como desgranó a lo largo de la velada, contaba con mujer e hijos, una vida que había empezado a ser monótona a raíz de un ERTE que dio paso a un ERE, que no le pilló de sorpresa, en la empresa donde había hecho acto de servicio prácticamente, toda su vida laboral.
En el momento que se le quebró la voz, contando su desolación, y el frío que sintió en la puerta del SEPE, cuando la vigilante, le condujo a la máquina de ticket, ante sus titubeos dubitativos, algo se rasgó en su alma, notó ella, un maremoto en sus entrañas, una sed insaciable, un ídolo antiguo que resucitó, con un único pensamiento, llevarlo a su cama.
El pagó, recogieron a duras penas sus chaquetas en consigna, y el primer polvo fue en el coche en un descampado cercano en el extrarradio de una ciudad que dormitaba, bajo el influjo de un toque de queda, aceptado por la mayoría.