Me encantan los supermercados que tienen ofertas de última hora, de eso que vas con una lista de la compra a por menestra(por decir algo) y terminas llevándote medio kilo de habichuelas verdes y un ramo enorme de acelgas, una docena de huevos y ya tienes solucionada la comida o cenas, de media semana por escasos tres euros.
No me gusta la gente que va perfumada como del siglo pasado por los establecimientos cerrados, lo considero una forma de agresión más intrusiva que el empujón, el atropellamiento de tobillos con el carrito de bebés o el ataque lateral del carrito de la compra, o incluso el colapso del pasillo en modo ojo patio de vecinas que sólo se ven en el super. Considero que es mejor ir solo lavado y aseado que llevar una de esas colonias con esos olores tan estridentes que quizás sólo la mezcla lo separa del famoso zotal que se usaba para quitar los malos olores de falta de aseo en las calles anterior al baldeo(aunque esos baldeos de Málaga post feria con olor a jazmín, merecen un post aparte)
Al entrar al super, es esa hora concurrida más allá de las ocho y media de la tarde que aún queda una hora para su cierre pero es la hora que suele estar más concurrido el supermercado, las cajas están todas llenas con su alineamiento de gente, veo a un ex compañero de un postgrado de facultad, lleva el pelo como de cura pobre de postguerra, o fraile indeciso, tiene un aspecto mortuorio y mortecino, es alto muy alto y delgado, casi toda la carne la acumula en esa cabeza desproporcionada con el cuello, tiene ojos de súplica, me da por pensar que en vez de hacer la compra, está en cola para dar el pésame a la cajera o pedir dinero o algún allegado. Hay gente, que vive y conduce su vida con ojos de cordero degollado.
Tengo un conocido que casualmente vive en uno de los portales al lado de mi casa, lo conozco de los tiempos inmemoriales de las noches de farra, no recuerdo exactamente de quien es amigo de amigo, me suena que era músico o estaba en alguna banda y bueno por alli me llegaría en esas conversaciones de alterados por el alcohol en las cuales, te es más fácil hablar hasta con el portero que normalmente, sólo pega. El caso que este chico siempre me lo encuentro sólo en el parque de abajo, a deshora, siempre fumando siempre de luto riguroso, no tiene buen aspecto, los años no nos perdonan si no te cuidas un poco sobre todo a partir de los cuarenta. De él sólo recuerdo un viernes hace años que me lo encontré en el mercadillo, iba con su madre, con una medio sonrisa me dijo algo sobre, ¿tu también estás en el paro? A malo se iba a juntar si buscaba consuelo con sus cuitas. Desde entonces me siento observado, a veces para bajar la basura, no es que baje en pijama, pero no con mis mejores galas precisamente, y ahí está el con sus ojos glaucos observando, fumando lentamente, paseando como si tuviera perro. Es desagradable, de un tiempo a esta parte hago lo posible por evitarlo.Ahora soy yo el que piensan(que perdone quién me tenga que perdonar) que cualquier día me viene con una navaja a robarme, o directamente a pedirme limosna.
Lo único bueno de hacer las cosas en soledad, es que llevo los cascos con la música o los podcast de programas que me gustan(lo reconozco soy adicto a radio3 hace más de 20 años) me gusta escuchar música, me aísla de lo mundano y me da lugar a la ensoñación, a la introspección, al estar conmigo mismo. En estos momentos por ejemplo, suena el “Harvest” de Neil Young, no concibo un intérprete mejor para estos días medio lluviosos, nublados, húmedos y sobre todo fríos por esa pereza del sol de cumplir su rutina diaria.
Ayer picaba habichuelas preparando la cena, no puedo dejar de pensar en mi abuela materna cada vez que hago eso, ella era gran fan de esa cena o almuerzo muy de carencias y escasez en Málaga como era unas habichuelas verdes con su papa con su huevo duro con su chorrito de aceite. El tema, que me acuerdo de ella sobre todo por la facilidad de picarlas hoy en día, recuerdo de pequeño con ella, tardes que empezaban quizás en la sobremesa, donde para picar un kilo de estas vainas, había prácticamente que echar la tarde entera. Quitando cuidadosamente las hebras laterales, partiendo al medio con cuidado con esas curvas que tenían antes las condenadas y a su vez partiendo esas mitades en tres.
Me da que pensar que diría mi abuela de estas vainas tan verdes tan rectas sin hebras casi sin fruto dentro y que en prácticamente cinco minutos de cocción están listas para consumirse.
Finales de Noviembre, es tiempo para la melancolía, en mi casa nunca fue un buen mes, con las llegadas de los fríos en mi casa como que supongo que en muchas casas, los más ancianos se les van viendo las costuras, y emprenden su alegato final a la vida sin muchas garantías de éxito aunque en este caso los clientes, nosotros, sigamos teniendo una fe ciega en ellos, afrontan ese último juicio con la desesperanza del que ya no tiene armas para la batalla. El epílogo del año con la navidad, por tanto siempre me evoca melancolía.