Con el dinero del despido improcedente conseguido después de pelear un despido por causas objetivas derivado de una lesión de una mala caída de la bicicleta en circunstancias poco claras, decidió tomarse un par de años sabáticos. A los tres meses, estaba ya harta de casi todo, se había tintado el pelo de azul, había perfilado su cuerpo hasta convertirlo en un émulo de parche de 14" de la caja de una bateria.
Había follado tanto y tan variado, que no le llamaba ya la atención, exceptuando la cantidad de gilipollas con los que se había encontrado y las mismas mierdas monotemáticas que soltaban por sus putas bocas.
Cansada, como he dicho de todo, decidió hacer una inversión en un equipo de grabación de alta calidad, y por airbnb, se buscó un ático en las afueras de cualquier pueblo de la costa de Málaga, llámalo Nerja, llámalo como quieras y llegó a un buen acuerdo con el dueño después de un par de polvos intempestivos que le hicieron caerse todas las telarañas de su desvencijado matrimonio.
Los fines de semana de meses alternos era suyo. Empezó llevando todo el equipo y haciendo mil y una pruebas de tomas de cámara, ángulos y conseguir un absoluto control y maestría de lo que quería y no quería enseñar. Juntó una colección de artilugios sexuales, y se hizo una cuenta en Onlyfans y empezó la primera prueba.
A los quince días de fines de semana alternos, había conseguido el triple de dinero que hubiese conseguido en el mejor mes con las máximas comisiones y el máximo por culo de jefes, compañeros y clientes, la cosa tiraba.
A los cuatro meses alternados de fines de semana alternos, había sacado suficiente para haber pagado la mitad de la hipoteca, pero lo tuvo metido en criptomonedas, le alegraba la mañana ver como iba subiendo y subiendo su aportación, lejos de las manos avariciosas de las Agencias Tributarias.
Ya pensaba a largo, un viaje a Moscú para asegurarse la vacunación y hacer contactos, luego, con el pasaporte sanitario y su dinero, el mundo, al fin, sería suyo.