Despertar, ir al baño, seguir durmiendo, alegrarse de haberse puesto los calcetines, y haberte echado a dormir sobre el oído bueno. En la paz que deja la sidra, y el buche vacío de la ausencia de cena, exceptuando las uvas.
Anoche, el paseo ansioso de los tacones de la vecina, como si estuviera esperando una cola de baño absurda, no me importó. Por una vez, hice el esfuerzo por comerme las uvas y lo hice, sólo descompasé entre la décima y la undécima, así que cogí velocidad, pensé en el resveratrol de las mismas(sí, he tenido que comprobar la palabra)
Las campanadas, en la uno, apenas un vistazo nervioso en otras cadenas en busca de la enésima voltereta de la Pedroche, por una vez, elegantísima. Pero la protagonista indiscutible, está claro, fue Ana Obregón. No sé si fue intencionado(o tan intencionado), supongo que si, pero nadie como ella, para representar el dolor, el dolor de todos, por el miedo, por el año 2020, el más oscuro por la incertidumbre de nuestros días, de nuestras vidas.
Los esfuerzos de Anne Igartiburu, por no llorar, por sostener el programa y no dejarse caer y arrastrar a por una vez dignísima en su dolor Ana Obregón, a pesar de su absurdo estilismo y de los años que se empeñan a toda costa a disimular. Todo eso, esta vez, fue secundario, Ana Obregón, fue, la muestra viviente, de lo afortunados que hemos sido, de poder estar ahí, a pesar del dolor, de la soledad, de la incertidumbre, siempre se puede encontrar una piedra caliente que usar de vientre, de impulso, y seguir hacia adelante.