Una ciudad es un ser viviente. Estoy convencido de ello. Es un organismo que al no estar sano, se hace sentir. Quizás los más pragmáticos no comprendan la metáfora, no se le puede otorgar categorías orgánicas a un espacio que normalmente se integra con su entorno por medio de concreto, acero, ruido y polución, pero no es menester abrir un debate, solo es entregarse a la visión poética de que la ciudad siente y nos hace sentir.
Una ciudad en calma es un ser divino. Una amante complaciente, un cuerpo desnudo que no se inmuta ante las caricias y esa es la imagen que el contexto de la pandemia nos ha regalado: ciudades durmientes, en calma, apaciguadas, adormecida y en ocasiones nostálgicas. Sin embargo, nos regala postales de ensueño y nos recibe con los brazos abiertos a los que nos entregamos resignados al disfrute de esas damas de concreto.
Pero en todo esto hay un cierto halito de melancolía, tristeza y desden. Las ciudades son inolvidables por su vertiginosa rutina, su caos esnactador y su eterna manía de poner obstáculos a la rutina. Las ciudades se fundan bajo la certidumbre de andar contra reloj, ignorando lo extraordinario que nos ofrece y agobiándonos por lo común. Si, el caos se extraña. La calma es un tipo diferente de caos, más agonizante.
Lo cierto de todo es que la pandemia nos ha regalado una ciudad que de forma obligada se ha vuelto amable. Sosegada y cordial. Cuando la salud sea una certeza habremos de inundar las calles, atiborrar de decibeles el ambiente y volverán las quejas por lo común... Así que es hora (es decir ya) de vivir lo extraordinario.