Alfredo tenía dos noches consecutivas sintiendo esa sensación de intranquilidad mientras recorría las dos cuadras que lo separaban de su casa. Nunca antes se había sentido así, al principio se lo atribuyó a los constantes reproches de su mujer por sus continuos retrasos y la inseguridad de andar solo a altas horas de la madrugada y en ocasiones con algunos tragos encima. Desde que se jubiló, adquirió la costumbre de ir a jugar truco, dominó o simplemente a conversar con antiguos amigos de la infancia, que en su azorada vida de casado pasaron a ser solo vecinos. Esos encuentros frecuentemente se prolongaban hasta las dos de la madrugada y cómo vivían en un pueblo pacífico, nunca había tenido siquiera un susto. Por otro lado, la casa de Carlos -el amigo donde se reunían- quedaba a tan solo dos cuadras de su casa.
Ya entrado diciembre, el pueblo cobraba una vida singular: las calles se iluminaban, los hijos volvían al hogar familiar, los mercados estaban abarrotados y las casas colocaban pesebres y adornos navideños en una pequeña guerra fría no declarada de saber quién decoraba mejor la vivienda. Se hacían misas de aguinaldo y de alguna manera la sensación de paz y seguridad se incrementaba. El 17 de ese mes, Alfredo se entretuvo hasta las 3:00 am cuando decidió regresar a casa. Estaba un poco ebrio y como de costumbre caminó por el medio de la calzada. De inmediato sintió que la soledad del pueblo lo oprimía y el silencio de la madrugada le hablaba. Tuvo la sensación de que aunque incrementó el ritmo de la marcha no avanzaba tan rápido como pensaba y al pasar la primera esquina decidió voltear y ver a su alrededor constatando que en efecto no había nadie, así que su percepción de no estar solo, era simplemente sugestión, sentimiento de culpa o borrachera. En casa nadie lo esperaba, estaban ya acostumbrados a su arribo tardío. Tuvo dificultad para abrir las puertas, pero lo hizo, seguro de que nadie más que él deambulaba en el pueblo.
Al amanecer, Bianca, su esposa había impuesto una ley del hielo agresiva y no le dirigió la palabra. Cuando él intentó comunicarse y a su vez buscar el perdón, Bianca le espetó "Yo sólo espero que lo peor que te pase, sea una caída, pero que te ayude a ablandar esa cabeza tan dura que tienes".
Al final de la tarde Alfredo volvió a salir, prometiéndose a sí mismo regresar a horas decentes. La velada estaba animada, en tres oportunidades Alfredo intentó irse pero lo convencieron de no hacerlo, primero con cena, luego con una última partida de dominó y por último, lo detuvo la euforia estar ganando. Esta vez eran las 3:15 am cuando decidió irse.
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De nuevo, al salir de la casa del amigo tomó el medio de la calle y caminó de forma normal. A diferencia de la noche anterior, no había bebido, pero de nuevo sintió que la calle se alargaba, que las luces de los postes se opacaban y las piernas se le entumecían como si quisieran esperar a que algún ignoto acompañante le alcanzase. Esta vez no se atrevió a voltear. Algo indescriptible de lo impidió. Su mente trataba de hilvanar un hilo de lógica en esa vorágine de sensaciones que estaba teniendo y lo único que alcanzó a pensar fue en la oración infantil del Angel de la guarda, dulce compañía A las 3:45 am llegó a su casa, no había perdido tiempo, ni se había detenido un instante. Estaba sudando frío y con una sombría certidumbre que algo lo acompañó y que aunque no lo siguió al entrar a la casa, sabía que lo esperaba afuera.
Al amanecer, el perro no dejaba de ladrar a un invasor invisible que se encontraba del otro lado de la puerta principal de la casa. Bianca, trató en vano de hacerlo desistir, pero el perro era tan terco como los miembros de su familia. A las 3:45 pm dejó de ladrar y fue a hacer lo que cotidianamente hace en las mañanas, comer, mear, dormir, pelear con el morrocoy.
Bianca se extrañó de que por tres noches consecutivas Alfredo se había quedado en casa, se había dedicado a mirar la televisión, arreglar unos enchufes, limpiar las canaletas de agua, bañar al perro y dormir. Ella tenía tiempo que no lo había visto dormir tan plácidamente. El 23 de diciembre, el grupo de amigos fue a buscarlo a su casa, intentó negarse, buscó mil excusas, pero nunca había sido bueno para improvisar, así que claudicó ante la obstinación de su pandilla y se fue.
Marta su hija, se acostó temprano porque iría a la última misa de aguinaldos que se celebraba a las 4:00 am. En casa de Carlos, todo marchaba muy bien, buena comida, algo de bebida y fortuna en el juego. A las 2:00 am, los invitados empezaron a quedarse dormidos, todos excepto Alfredo que además de vivir cerca, nunca había amanecido en otro sitio que no fuera su hogar. Estaba aterrado de hacer el viaje de vuelta a su casa, estuvo por un tiempo buscando valor para pedir compañía en el trayecto, pero de repente recordó que a las cuatro la gente saldría a la misa de aguinaldo, así que aprovecharía ese instante para llegar a su casa. Prolongó su estadía hasta que las campanas de la iglesia empezaron a anunciar la eucaristía, eran las 4:00 am cuando salió de casa de Carlos, estaba envuelto en una triste alegría y decidió no repetir patrones, se fue por encima de la acera y lo primero que advirtió fue que la madrugada estaba tan obscura como la noche joven.
Esta vez no sentía la sensación de compañía, así que relajó el paso. Al llegar a la primera esquina, las campanas dejaron de sonar y de pronto el silencio sepulcral cayó sobre el pueblo como una espesa neblina, de nuevo el miedo, tardó en avanzar, así como un peatón que espera que pase un vehículo en el paso de cebra. De nuevo se fue al medio de la calle, pensando que tan sólo 100 metros lo separaba de la seguridad de su casa, avanzó muy lentamente y se concentró en tratar de escuchar a la gente que iría a misa, lo que escuchó fue el crujir de unas ramas al ser pisadas justo detrás de él. Volteó en un acto reflejo y no había nadie. Cuando volvió la vista al frente, se regocijó al ver que en el otro extremo de la calle, igualmente en el medio, una mujer vestida de blanco caminaba de forma parsimoniosa hacía él.
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Alfredo se acercaba, pero de alguna forma se dio cuenta que la mujer no. Al llegar a la segunda esquina, la pudo detallar más, tenía el cabello muy negro, un vestido blanco que al igual que el pelo se movían con lentitud graciosa al ritmo de un viento inexistente, al percatarse de la ausencia de viento, Alfredo se frotó los ojos, al abrirlo, la visión ya no estaba -cruzó en la esquina- pensó. Pero al girar a la izquierda la ve a la mitad de la calle, justo en frente de su casa, avanzando con una rapidez tan lenta que lo paralizó, tuvo el tiempo justo para buscar atropelladamente sus llaves y dejar un grito ahogado que pareció más bien el aullido de una bestia agonizante.
Fuente: Chido Fajni
Al día siguiente, no hubo rastro de Alfredo, en ninguna parte del pueblo. Su familia creyó desde entonces que lo había abandonado y cada día a las 4:00 am el perro ladraba con rabia hacia el rincón donde la mujer flotante lo tenía prisionero.