La ciudad estaba vacía, pues sus habitantes, presas del pánico, permanecían en sus casas rogando al cielo que se terminase pronto esta situación. Esta calamidad no solo atentó contra sus vidas, sino también con su economía.
Nadie podía salir a la calle sin un tapabocas puesto, incluso, un acercamiento físico entre personas, un estornudo, una gripe, activaban las alertas en sus mentes, de un terror indescriptible que los medios de comunicación alimentaban en sus noticieros.
Todos querían descansar, pero no dentro de un ataúd ni entre cuatro paredes, pues eso no era descanso, sino prisión. Marcela lo sabía; esta mujer ya estaba harta, pero no solo era eso lo que la mantenía intranquila.
-¿Qué vamos a hacer, mamá? En la farmacia han incrementado el precio de tus medicinas.
-Maldita gente aprovechada. Solo buscan un buen pretexto para subir los precios.Ya déjame morir, hija. Una mujer vieja como yo, ya no soportará tanta arbitrariedad. No cabe duda, el rico goza haciendo sufrir al pobre.
-Siempre ha sido así, mamá. No tardo, voy a la farmacia por tus medicinas.
-Ten cuidado, hija mía. No saludes a nadie en la calle, y no olvides llevar puesto tu tapabocas.
-No te preocupes, mamá, eso ya lo sé.
Apenas la puerta de la casa se abrió, un viento frío entró en ella, provocándole incesantes estornudos a la anciana, quien a espaldas de su hija, se quitaba el tapabocas para poder respirar libremente.
Entretanto, la encorajinada muchacha, al encontrar cerrado el establecimiento, buscó por la vacía ciudad otra farmacia, para no regresar a su casa con las manos vacías. Sin embargo, al llegar a una de ellas, encontró una fila muy larga de gente, que por supuesto, no respetó ni una sola medida de seguridad.
-Seguiré buscando más farmacias.
Horas más tarde volvió a su casa, con el medicamento en la mano, pero también con el doble de coraje por haberse duplicado los precios.
-Ya llegué, mamá ¿Dónde estás?
-Estoy en mi cuarto, hija. Me acosté porque me sentí mal.
-¡Esos rateros ya están lucrando con nuestra salud, mamá! Temo que los precios de la canasta básica también se eleven ¡Esto es el fin!
-Dame mis pastillas, hija, por favor.
-Sí mamá.
-¿Te sentiste mal, me dijiste?
-Sí, me dio tos.
--No vaya a ser ese maldito virus asesino. Voy a llamar al doctor.
-En cuestión de minutos, llegó el médico a la casa, con un tapabocas puesto y un gel antibacterial en la mano.
-No se alarme, señora. Su madre está bien, solo es una gripe, pero aun así es necesario hacerle unos análisis, para descartar cualquier duda.
-Gracias, doctor. Así lo haré.
-Con permiso.
En la noche, el marido de Marcela llegó a la casa, cargando una voluminosa maleta en su espalda.
-¡Mujer, ya llegué!
-¡Qué bueno que llegas, Ramón! Necesito tu protección.
-Tranquila, mujer, aquí estaré para cuidarte, durante estos días que no voy a trabajar.
-¿No vas a trabajar?
-Así es, mujer. Llegó un comunicado de la Secretaría de Educación, donde nos indicaron la suspensión de labores docentes durante la contingencia. Pero juntos podemos combatir esta situación, tomando las medidas preventivas, ¿no crees?
-Contigo me siento segura, Ramón.
-Marcela, el hecho de que yo sea hombre, no significa que soy inmortal o de acero ¡Los hombres también sentimos miedo, también nos enfermamos y morimos! Pues al pertenecer a la raza humana, somos como cualquier otro mortal de carne y hueso.
-Mi mamá hoy se enfermó.
-¡Caramba mujer, qué mal!
-Pero ya vino el doctor, descartó que se tratara del Covid...
-Mujer, vamos a cerciorarnos mediante unos estudios.
-Tienes razón, Ramón. Ojalá que ninguno de nosotros se enferme de Coronavi...
-Eso es puro teatro, una farsa de ciertos países que ya no usan armas físicas, sino bacteriológicas en sus guerras; dos grandes naciones declarándose la guerra la una a la otra.
-¿Tú crees, viejo?
-Es lo más posible. Una de esas naciones creó el virus.
-¿Cómo puedes asegurarlo?
-No estoy seguro, solo son mis suposiciones.
-De ser cierto, ¿qué fin persiguen?
-Empobrecer más a las naciones, para convertirlas en dependientes totales de su gran poderío económico.
-Si de todos modos, nuestra economía depende de ese país.
-Pues ahora será con mayor razón; nuestro gobierno se verá forzado a adquirir más deuda. Pero sabes, mujer, aún en cuarentena seguiré trabajando.
-¿Qué dices?
-Quiero impartir clases particulares a los niños, pero en grupos reducidos, tomando las medidas preventivas.
-No es mala idea, Ramón.
-No nos podemos fiar de mi sueldo, porque esta es una miseria, que apenas alcanza para cubrir nuestras necesidades, y a veces, ni siquiera para eso -dijo don Ramón, con suma tristeza, suspirando amargamente.
Quizá este hombre tenía razón, pues en los días siguientes, los precios de los productos básicos se elevaron demasiado, creando una inflación descontrolada.
Remando contra la corriente, don Ramón dio clases particulares a grupos pequeños, tratando de aumentar más a sus ingresos.
La segunda quincena del mes en curso, y la primera quincena del siguiente mes, le fue pagada al Personal Docente, Administrativo y de Servicios, de las escuelas públicas en los días 27 y 28, respectivamente. Pese a ello, lastimosamente, ese dinero no fue suficiente para hacer frente a la crisis económica, derivada de esta pandemia, si se le podía llamar a sí a un pequeño grupo de personas alcanzadas por este virus.
-Mujer, he dado clases en casa, pero ni aun así alcanza; los precios se elevan cada vez más.
-Ya ni me digas, Ramón. Las medicinas de mi mamá ya son incomparables.
-Ya no sé qué hacer, mi sueldo de maestro es solo una raquítica cantidad con escasos ceros, solo alcanza para mal vivir ¿Por qué no elegí otra profesión?
-No es tiempo de lamentaciones, viejo. Juntos vamos a buscar la manera de salir de esta. Además, date por bien servido el que tus alumnos se enriquezcan del conocimiento que les transmites.
-¡Qué ironía! Nosotros, los maestros, formamos hombres preparados para la vida, pero nosotros no podemos enfrentarla; cada vez que veo reflejada en el cajero automático la cantidad quincenal que corresponde a mi sueldo, me dan ganas de llorar.