La señora sale de su cuarto junto a sus dos hijos y los pequeños se sientan a la mesa. La mamá se dirige a la cocina y le sirve la comida a su esposo. Ni se saludaron; no se dieron ni un beso, ni en la mejilla.
El papá se sienta a nuestro costado y empieza a criticar casi todas las personas de las que se cruzó durante el día. No nos miraba cuando hablaba, sólo hablaba con una mirada fija a sus recuerdos. No sé dónde había visto esa mirada.
Confesaba que: si la ley le permitiera, mataría a todos los transeúntes que falten al respeto a la policía. Hacía el ademán con su gorda mano derecha y jalaba un gatillo imaginario. Simulando conversaciones con transeúntes:
— ¿Qué me vas a hacer? si estás todo gordo policía corrupto. No puedes ni alcanzarme.
— No puedo alcanzarte, pero mi bala sí. Baboso. Pum Pum. Pum Pum.
Y apretaba el supuesto gatillo con su dedo índice.
Supe en ese momento que la vergüenza que sentía Alonso no era por su hermano, si no por un futuro asesino confeso como su papá.
Ni bien termina de contar su épica historia, el pequeño Ángel vota el plato de comida de su papá al suelo.
El papá de Alonso le da un grito —que estoy seguro se escuchó en toda la cuadra— y se retira, dejando todo el suelo embarrado. Ángel, con los ojos fijos a su papá, lo sigue con la mirada hasta que el señor salió de su casa.
— Pum Pum — se escucha decir a Ángel.
El silencio fue obvio en ese momento, supuse que se me venían disculpas avergonzadas por lo sucedido de parte de la mamá y el hijo, pero lo sorprendente es que ambos se rieron y abrazaron al pequeño Ángel por haber adquirido una nueva palabra a su vocabulario luego de varios meses. Y lo felicitaron.
La mamá de Alonso me cuenta que hace un tiempo hubo un robo en su casa. Su esposo sacó una pistola que guarda en su habitación y redujo a ambos criminales.
No sólo les disparó, los remató con 4 y 3 balas respectivamente a cada uno en el pasadizo de la entrada con su revolver que guarda debajo de la mesa de noche. Y como trofeo se quedó con el pasamontaña de uno de los ladrones.
El papá de Alonso no se cansaba de repetir la historia cuando llegaban sus amigos o familiares. Y de seguro al pequeño Ángel se le había quedado ese sonido que hacía su papá cuando disparaba a los rateros «Pum, Pum».
No hicimos el trabajo de Ciencia, pero si vimos la peli. Su mamá nos preparó cotufas mientras veíamos Halloween, la historia de Michel Myers, un asesino con máscara que atacaba en épocas de calabazas.
Al terminar de verla, descubrimos que Ángel estaba viendo la película desde la puerta. Me señala con su dedo índice y me dice
-Pum, Pum.
Yo no tenía motivos para felicitarlo y abrazarlo como toda su familia, así que atiné hacer algo totalmente distinto. Me tiré al suelo simulando mi muerte. Ángel señaló a su hermano y Alonso hizo lo mismo que yo. Por primera vez vi sonreír a Ángel.
Alonso salió corriendo a contarle a su mamá y ella al ver a su hijo expresar emociones, la hizo caer al suelo acompañada de sus lágrimas. Su mamá me abrazó y quiso que vaya más seguido a su casa.
Esto duró poco porque un domingo, mientras jugaba con Ángel. El pequeño me apuntó con su dedo índice a la rodilla y dijo —Pum, Pum—, y me dejé caer al suelo. Pero yo quería ser parte de su realidad. Así que como «aún seguía con vida», lo apunté a él y también le dije —Pum, Pum— y se tiró al suelo. Pero el niño no quiso levantarse por tres horas. La señora se molestó conmigo y ya no quiso que fuera a su casa.
A mi papá nunca le gustaba que yo viera los noticieros dominicales porque sólo hablaban de muertes, secuestros y más muerte. Pero a mí me gustaba y los veía a bajo volumen mientras ellos dormían. Pero una noticia en particular me llamó la atención.
Escuché sobre un asesinato en mi distrito. El conductor empezó a narrar la noticia:
«Una madre llamó a la policía en altas horas de la madrugada indicando un asesinato en su vivienda. Ella es mamá de tres hijos, uno de ellos con problemas mentales. La madre cuenta que el día anterior el pequeño había mencionado la palabra “papá” por primera vez y quería que su esposo lo escuchara.
Su esposo, al enterarse, se dirigió muy entusiasmado a su hogar, pero al llegar, el niño no soltó ninguna palabra. La madre indicó que su esposo le gritó y le proporcionó algunos golpes en los brazos y cadera. Debido a la discusión, el padre durmió en la sala y la madre junto a sus tres hijos en su habitación.
A las dos de la madrugada, la mamá escuchó un fuerte sonido que la hizo despertar. Al levantarse, se dio cuenta que uno de sus hijos no estaba. Al salir de su habitación para buscar a su menor hijo, lo encontró en la sala junto al sillón donde dormía su propio padre.
Al prender la luz vio a su pequeño con un pasamontaña y en sus manos un revólver, ambos de propiedad del esposo. La madre cuenta que las únicas palabras que salieron del pequeño, mientras apuntaba a su papá agonizante, fueron: