Era temprano aun, debían encontrarse a las cinco. La ansiedad por verla hizo que llegara una hora antes.
Todo estaba en orden, los zapatos correctamente lustrados, la camisa celeste jugando con la seda del pañuelo, el pantalón azul y el saco jaspeado.
La vidriera de la perfumería le devolvía una imagen tranquila y atildada pero, qué podía saber el cristal de las locas piruetas de su alma dentro de ese envase de trapitos y aroma fresca de Aqua Velva.
Aquel sábado pudo bailar con ella sólo las últimas dos piezas, apenas unos minutos le alcanzaron para quedar fascinado.
Sus ojos, su boca, el cabello en esa noche de amanecidas tentaciones con su voz de ensueño. Ese domingo sería inolvidable, era su primera cita de amor.
El nombre Isabel, decía a las claras que se convertiría en su reina.
Enfrente se veía el cartel de una confitería con cafetería y unas mesas, seguramente tomarían algo ahí o quizás verían una película en el cine, o la posibilidad de ir a la plaza a esperar que el sol descanse para tenerla en sus brazos.
Imaginación de versos, de piel húmeda, de caricias y sueños de almas jóvenes que se encuentran para toda la vida.
Caminaba inquieto de un lado a otro por la estación del metro, mientras como una ola era arrastrado por quienes llegaban y se iban.
A la media hora se cansó de ese bamboleo y se fue hasta las escaleras donde habían quedado en verse.
Pasó el tiempo y la inquietud lo invadió, el reloj como jugándole una broma avanzaba lento.
Cientos de rostros pasaron por sus ojos pero ninguno el de ella.
Se lamentó por no haberle pedido su número telefónico.
Tres horas después subió lentamente las escaleras y salió a la calle, sin dudas ella no asistiría a la cita.