En manos del destino | (segunda parte)

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Era algo extraño de entender tantos hechos contradictorios, porque a pesar de estar su vida sumida en la mayor apatía y desesperanza, esa que sobreviene cuando un ser lo pierde todo, y aunque que precisamente ese no era su caso, sin embargo; indiscutiblemente su estado emocional se correspondía con el de los seres humanos en esa situación.

Solo él podía saber porque tanta melancolía, la que viene de quedar vacío, desorientado, viviendo una existencia sin sentido. Sin Dios, sin los otros, sin él mismo.

Quizá solo era un maniaco-depresivo, un bipolar, en un mundo de altos y bajos y ciclos interminables. Sí, tenía razones de sobra para su desaliento, pero en su interior sentía que la resiliencia era posible.

No como la seguridad y protección que proporcionan los seres queridos, tampoco como compensación a sus complejos y fracasos, sino como un inmenso desafío que debía afrontar.

La paradoja era su salvación, no importaba si los otros seres humanos no lo comprendían, esa era la barrera a traspasar, la estructura contra la que quería estrellarse para demolerla.

Amaba la palabra, las letras, la música; aunque no se sentía escritor, ni un músico en todo el sentido de esas palabras. Sentía que eran algo muy grande e inalcanzable. Solo era alguien que se expresaba a través de estas artes y aprovechaba sus infinitas posibilidades estéticas.

Solo quienes están obligados a ver la vida desde afuera, los que solo pueden asomarse a las cosas que aman, los que se quedan a las entradas de las fiestas o no saben bailar, mirando como otros disfrutan, saben lo que se siente.

A pesar de su estreches, de su falta de carisma y poco talento, lo iba intentar en serio. Expresaría todo desde sus entrañas: escribiendo, cantado y porque no hasta bailando con dos pies izquierdos, en especial amando sin miedo.

Continuará…

 

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