En el lejano país de Mouglins, se encontraba la solitaria chica, buscando el llamado de sus antepasados.
Esperando aquella señal que le dijera donde ir y qué hacer.
…
Dejé que un suspiro se escapara de mis labios a medida que caminaba sobre el frío pasto, mojado por el rocío, cada vez que daba un paso, por muy pequeño que fuera, sentía la humedad invadiendo la planta de mi pie.
¿Dónde? ¿Dónde está lo que anhelo?
Me preguntaba una y otra vez, ¿Qué era yo? ¿Un ser humano?
No.
Podría tener su apariencia, pero mis habilidades “especiales” no decían aquello.
Mis preguntas y pensamientos fueron invadidos por una fría brisa, la cual me hizo estremecer y abrazarme a mí misma, no tenía lugar a donde ir desde que me habían echado de la aldea.
Miserablemente, el odio y miedo de los seres humanos puede llegar a encerrarlos en una burbuja de la cual difícilmente salen, la única cura para aquél mal es eliminar la fuente de su mal, en este caso, yo era la fuente de sus males.
Las personas que me buscaban, destruían la aldea y eran capaces hasta de matar a un alma inocente solo por protegerme, solo por ese pequeño hecho.
Al principio, esto no les importó y me protegieron, pero al ver que poco a poco perdían a los suyos, una mayoría, por una minoría, decidieron deshacerse de mí… Y, es que no los culpo, simplemente hubiese deseado una despedida más emotiva que la que tuve.
Ahora, me encontraba en la intemperie de un bosque, buscando el lugar de donde provenía.
Esto hubiese sido más fácil si mis padres se encontraran vivos, pero ambos murieron protegiéndome de los oscuros. El simple pensamiento de perder a mis padres, no me afecta en lo absoluto, no los conocí y tampoco los traté cariñosamente, pero, sentía la soledad de su ausencia.
Aquella brisa, cesó en el momento que vi una luz; una luz que era capaz de detener el tiempo a su alrededor y quedarse quieta hasta llamar la atención de su objetivo… Yo conocía muy bien esa luz, esa era la luz que almacenaba en mis manos, esa era la luz que salía en chispas al mover mis
dedos.
Esa era mi luz.
No sabía por qué, pero no me podía mover de mi lugar, de cierta manera mi cuerpo se encontraba en shock y mi mente era la única que podía reaccionar, sabía que podía seguir la luz que tenía frente a mí, pero mis piernas no se molestaban en moverse.
¿Este era el llamado de mis antepasados o simplemente estaba entrando en lo que llamaban “estado de shock”? Sea lo que fuera, necesitaba acercarme a aquella luz, el deseo dentro de mí me estaba pidiendo que corriera hacia ella.
Mientras tanto, aquella iluminación se mantenía firme en hacer que me acercara a ella. Pero, yo no me podía mover.
Y, se me ocurrió la gran idea de mover mis manos, las cuales soltaron un destello al sentir como mi cuerpo reaccionaba, perfecto.
Aquello era lo que necesitaba para que mi ser empezara a expresarse; y expresarme fue lo que hice. Ahora que tenía una mejor libertad, mis pies empezaron a moverse al compás de una canción imaginaria, una canción que solo existía en mi mente.
Lentamente, estaba siendo rodeada por un millón de partículas luminosas, las cuales danzaban junto conmigo.
Estuve alrededor de unos dos minutos danzando, hasta que la luz se fue apagando, una a una, lentamente.
Entonces, un pequeño camino empezó a materializarse ante mí, y la brisa volvió a soplar nuevamente, moviendo mi cabello y tapando la mitad de mi rostro, estiré mi mano, pálida y fría y tracé imaginariamente el camino, como si ya me lo supiese de memoria.
Algo me decía que debía entrar allí, así que decidí empezar a caminar, un pie detrás de otro, lentamente, calmadamente.
Al diablo la lentitud. Y empecé a caminar más rápido, seguido de eso empecé a trotar y luego a correr, subiendo por el camino que las luces del destino me habían trazado.
La luna coloreaba el ambiente de un color tan blanco como mi cabello y tan plateado como el pasto de este lugar, detuve mi paso al escuchar la voz dulce de una dama, lentamente fui volteando y vi postrándose ante mí a una hermosa mujer.
Ella sonreía, luciendo encantadora con su piel tan blanca como la luz y unos ojos tan azules como el mar, y su cabello, era igual o más blanco que el mío.
Sus labios lentamente se abrieron para formular unas palabras, las cuales llegaron como una hermosa melodía a mis oídos.
Bienvenida, Lyn.
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