Hola hivers, les cuento que hoy haré un largo viaje en tren desde La Habana hasta Santiago de Cuba y a propósito de esto, recordé este cuento que escribí hace unos años. Un cuento que tiene mucho de realidad y algo de ficción, solo que aquí el viaje es de Santiago de Cuba a La Habana, espero no correr con la suerte de la protagonista.🤭Epero les guste y resulte de entretenimiento y reflexión.
Siempre sentí respeto por los trenes. Desde pequeña escuché un montón de historias, pero agotados los boletos en autobús, sólo me quedó esa alternativa. El avión no está ni a mi alcance ni a mi gusto. Ya sé que es el medio más rápido y seguro, incluso para morirse. De manera que puse pensamiento positivo y abordé. Todo lucía aparentemente normal, los empleados, impecables. Coloqué el maletín en el guarda paquetes encima del asiento, por suerte me tocó ventana, al menos podría disfrutar del paisaje con tranquilidad.
A mi lado se acomodó un señor nonagenario que su único mérito durante el viaje fue roncar. Salimos en hora (9.00 p.m.) de Santiago de Cuba. La ferromoza, que lucía como maniquí de vidriera con aquel uniforme extremadamente ajustado, nos dio la bienvenida. Habló, entre otras cosas, de las paradas, la hora de llegar, que los menores debían ir acompañados al baño y que cualquier inquietud le informáramos. Pasada una hora vendieron una merienda barata a los pasajeros. Los refrescos estaban calientes y las pizzas frías, no se podía pedir más por ese precio.
Pronto percibí que el aire acondicionado apenas enfriaba. Le pregunté a la amable ferromoza y me dijo, como si yo no supiera, que el país vivía momentos difíciles, la falta de presupuesto, el bloqueo, la crisis mundial. En fin, y la cara dura de algún que otro dirigente, pensé. Un triste bombillo fue la única luz que hubo en todo el coche. Estuve a punto de volver a preguntarle a la aprendiz de maniquí, pero vino a mi mente el interminable período especial, la escasez de recursos, el hueco de la capa de ozono, la ineptitud de la ONU, las decisiones del pentágono etc, etc, etc. Todo transcurría en total penumbra, acogedora solo para las pequeñas cucarachas que deambulan de un lado a otro en busca de alimentos, colándose en bolsos y maletines para luego reproducirse en nuestras casas.
Ya a las once de la noche, aburrida por no tener con quién conversar, el sueño me venció. Desperté a eso de las tres de la madrugada por un gran alboroto. Mi compañero de asiento no se dió por enterado. Cerca de Camaguey, un hombre se lanzó del tren en plena marcha, como todo un ninja, y con un gran maletín negro a cuesta. Miré hacia arriba y no vi mi equipaje. Busqué con más detenimiento pero nada. Vinieron las autoridades, tomaron declaración de mis pertenencias, mi dirección y dijeron que me avisarían en caso de encontrar al malechor. No derramé una lágrima. Un nudo en la garganta mantenía mi respiración entrecortada. Perdí el habla durante largo rato. Al menos me quedaba el consuelo de tener mis documentos personales y el dinero en mi bolso amarillo de mano. Un fuerte dolor de cabeza me hizo tomar las tabletas de la presión. Era mi primer viaje a la Habana y venir a sucederme algo así. Me sentí angustiada, lo mejor de mi clóset iba en ese maletín, sería muy difícil volverme a hacer de unos buenos trapos.
Por si fuera poco, empezó a llover, lo cual no hubiera sido un problema de no ser por las inesperadas filtraciones del techo. Traté de esquivarlas hasta que recordé que traía una pequeña sombrilla en el bolso. No lo pensé dos veces. Lo mismo hicieron otros pasajeros. Fue un espectáculo hermoso, digno de un filme fantástico. Miré al estirado maniquí y encogió los hombros con inocente sonrisa. Al cabo de una hora escampó afuera, porque adentro las goteras continuaron.
Durante la travesía, en las correspondientes paradas, cada vagón era invadido por una avalancha de vendedores con tentadoras ofertas y singulares pregones, promocionando sus productos. Casi que corrían por los pasillos para aprovechar los escasos minutos de estancia del tren en los pueblos. Compré unas barras de guayaba, turrón de coco, cremita de leche y hasta un pedazo de queso. Comí todo lo que pude, solo paré de masticar cuando sentí un ligero dolor de barriga.
Para nuestra desgraciar, el tren atropelló a una res y al parecer provocó algún desperfecto que arrastramos hasta Santa Clara. Allí nos hicieron bajar para repararlo. En ese momento, tube un mal presentimiento, no debí montarme nunca en ese artefacto. Al cabo de dos horas, el tren regresó con tres coches diferentes, uno de los cuales era el mío, por supuesto. Y yo que pensé que la situación no podía empeorar. Al menos en el coche anterior los asientos eran de esponja rota y vinil. Estos eran de madera y las ventanillas no tenían cristal. Faltaban unas horas para llegar a La Habana y el pronóstico era reservado. El tren tomó velocidad. Un viento desalmado sacudía nuestros rostros como brazo de boxeador en plena discusión del oro olímpico.
Mi vecino seguía dormido, al punto que puse mi dedo debajo de su nariz para comprobar si respiraba. Ya sería el colmo que al anciano se le ocurriera morirse justo a mi lado. Cerré mis ojos y traté de dormir pero no pude. A esas alturas, de los baños emanaban todo tipo de olores desagradables. Pero cuando el mal es de lo que ustedes saben, no queda más remedio que hacer lo que hay que hacer. Por más que lo evité, un fuerte dolor de barriga me obligó a dar del cuerpo, como decía mi abuela. Al parecer, alguien perdió la puntería y la taza estaba cubierta de heces. Se me quitaron las ganas, en cambio, de mi estómago brotó un torrente con toda la chatarra que comí en el viaje. Quise enjuagarme la boca y para mi sorpresa, no había agua.
Salí disparada como flecha. Cuando llegué a mi asiento, no vi el bolso. Le pregunté al bello durmiente de al lado, quien al fin se recuperaba de su sueño, pero hizo un gesto de negación con la cabeza. Lo informé al objeto semi decorativo y una joven en un asiento detrás de mí, dijo haber visto algo amarillo salir volando por la ventanilla. Sin dudas era mi bolso. Sentí un fuerte dolor en el pecho, me desplomé al piso y no supe más de mí. Vinieron los paramédicos pero ya era tarde. Tomaron mis signos vitales y todos estaban en cero.
_Es un infarto. No hay nada que hacer.
Me llevaron a un hospital en Matanzas y avisaron a mis familiares la novedad.
_ ¿Pero por qué a ella que era tan buena? Hay que darle sepultura en su natal Santiago_Dijeron mis parientes entre llantos y gritos.
No me extraña la falta de originalidad de mi familia, todos los muertos son buenos. Estuve dos días en congelación hasta que llegó mi parentela a disponer regreso y funeral.
_Tenemos que llevarla en tren, no hay dinero para avión. Además, nunca le gustaron las alturas.
Volví a sentir dolor en el pecho. Esta gente quiere que yo me muera otra vez. Saqué la cabeza del ataúd y grité:
_En el tren no, por favor.
Texto de mi propiedad. Imagenes y banner hechos en Canva
WHO DOESN'T WANT A MESS...
Hello hivers, today I’ll be taking a long train journey from Havana to Santiago de Cuba, and this reminded me of a story I wrote years ago. A tale that blends reality with fiction, though here the journey is from Santiago de Cuba to Havana. Let’s just hope I don’t end up like the protagonist. 🤭 I hope you enjoy this mix of entertainment and reflection.
I’ve always respected trains. Since childhood, I’ve heard countless stories about them, but with bus tickets sold out, trains were my only option. Flying was neither affordable nor appealing. Sure, planes are the fastest and safest way to travel—even to die. So, I mustered some optimism and boarded. Everything seemed normal at first: pristine uniforms, orderly staff. I stowed my suitcase in the overhead rack and lucked out with a window seat, ready to enjoy the scenery.
Beside me sat a ninety-year-old man whose sole talent was snoring. We left Santiago de Cuba on time at 9:00 p.m. The train attendant, dressed like a window-display maniquin in an overly tight uniform, welcomed us. She announced stops, arrival times, warned minors to use the bathroom with adults, and urged us to report any issues. An hour later, cheap snacks were sold. The sodas were warm, the pizzas cold—a bargain for the price.
Soon, I noticed the air conditioning barely worked. When I asked the cheerful attendant, she recited a script I already knew: the country’s hardships, budget cuts, the blockade, global crises. And the audacity of certain officials, I thought. A dim bulb was the only light in the car. I almost complained again to the mannequin-in-training, but then I remembered the endless Special Period, resource shortages, the ozone hole, the UN’s incompetence, Pentagon decisions... The cabin stayed dark, cozy only for cockroaches scuttling around bags, hunting crumbs to later infest our homes.
By 11 p.m., boredom and exhaustion put me to sleep. I woke around 3 a.m. to chaos. My seatmate slept through it. Near Camagüey, a man—ninja-style—leapt from the moving train with a large black briefcase. I glanced up: my suitcase was gone. A thorough search confirmed it. Authorities took my statement, noted my address, and promised to update me if the thief was found. I didn’t cry. A lump in my throat choked my breath. I stayed silent for hours. At least my ID and money were safe in my yellow handbag. A headache forced me to take blood pressure pills. My first trip to Havana, and this happens? My best outfits were in that suitcase—rebuilding my wardrobe would be torture.
To make things worse, rain began leaking through the roof. I dodged drips until I remembered the tiny umbrella in my bag. Others followed suit. It became a surreal scene, straight out of a fantasy film. The mannequin attendant shrugged innocently. Outside, the rain stopped an hour later; inside, the leaks lingered.
At each stop, vendors flooded the train, hawking snacks with rhythmic chants. I bought guava bars, coconut candy, milk caramel, even a chunk of cheese. I ate until my stomach ached.
Disaster struck again near Santa Clara: the train hit a cow, damaging the engine. We disembarked for repairs. I never should’ve boarded this contraption, I thought. Two hours later, the train returned with three new cars—mine included. The old seats had torn vinyl; these were wooden benches with shattered windows. Hours from Havana, the forecast was grim. Wind battered our faces like a boxer’s fist.
My neighbor still snored. I checked his pulse, fearing he’d die beside me. The reeking bathrooms became unavoidable. I held it in until cramps forced me to “do my business,” as my grandma said. The toilet seat was filthy. I gagged, then vomited from all the junk I’d eaten. No water to rinse my mouth.
I rushed back to my seat—my yellow bag was gone. The now-awake elderly man shook his head. The decorative attendant said a girl saw something yellow fly out the window. My bag. Chest pain hit. I collapsed. Paramedics arrived too late.
_A heart attack. Nothing we can do.
They took me to a Matanzas hospital. My family wailed: “Why her? She was so good! Bury her in Santiago.” Typical—suddenly, all corpses are saints. I was frozen for two days until relatives arrived.
_We’ll take her by train. No money for a plane. Plus, she hated heights.
Chest pain surged. These people will kill me again. I popped my head out of the coffin and screamed:
_NOT THE TRAIN, PLEASE!
Original text by me. Images and banner created via Canva.