Divino, divino, sollozaban por sentirlo unos momentos más. Él , cual cascabel juguetón, retozaba bajo la nitidez de la estancia que, poseyéndolo daba vida. Su existencia, al contrario de lo que pudiera parecer, era monótona, luchaba por salir de la oscuridad, dejarse acariciar por la tibieza y jugosidad de ese almendro en flor, que desde la lejanía le llamaba día tras día y, con el que soñaba desde hacía mucho tiempo.
Anhelaba perderse en la frondosidad de sus hojas, colgarse sobre sus robustas ramas, embriagase con esa fragancia sin igual, para así, de ésta forma sentirse verdaderamente él.
Titánica era su lucha, porque sabiéndose dueño de su cuerpo, estaba atrapado en la angustia del que quiere escapar sin renunciar a las fruslerías que, otoños, veranos, primaveras e, inviernos pudieran traerle. De ésta guisa transcurría su acalorado devenir, siempre a expensas de los hilos que le movían.
Embutido en su cascaron, no demostraba el menor atisbo de apatía, pero la llama de su mirada lo delataba, no pudiendo escapar de ésa mentira con la que convivía. Beber hasta el infinito saboreando todos los posos que el viento arrastraba hasta su morada, sin desperdiciar nada, probando y juzgando como nadie era su live-motive.
Los aires otoñales desdibujaban sus tempranos atardeceres, resquebrajando recuerdos marchitos, no olvidados en el tiempo. A pesar de todo, su perfecta armonía, y esa simbiosis que mantenía consigo mismo, quedaba revuelta en la pereza de ésa búsqueda continua, que le llevaba por ríos y mares hacía el país de “Nunca Jamás”. Donde un oasis exento de ocasos le permitiera cohabitar sin las necedades propias de vidas mundanas.
Cáustico y procaz cuando la situación lo requería, al tiempo ingenuo, soñador como paloma herida fácil de alcanzar; miscelánea agri-dulce que brota con fuerza esquivando el vaivén del viento, diseminando el germen que lo engendró sobre secos riachuelos, que un día anegaron campos.
En todo momento el trinar de un pájaro, despertaba el ansia por volar que anidaba en su espíritu, pero sus viejas alas estaban ya demasiado cansadas de tanto vuelo perdido en noches, donde las estrellas y las luces de neón se confunden; no dejando unas, ver a las otras; cegando la adusta realidad para jugar con la fantasía más irreal.
Juegos desprendidos de situaciones impresionistas, donde la esperanza se deja levemente rozar, sobre el satén de unas sábanas blancas, enjugadas en la oquedad de un perfume.