¿Dónde Mi3#.. estoy?
Hola, me llamo Melina, tengo 35 años de edad, nací en 1951. Soy una mujer exitosa, egresada de la mejor universidad de derecho y desempeño el cargo de juez. Poco familiar, tengo años sin ver a mis padres, divorciada, me volví a casar y muy poco hablo con mi esposo, debido a que estoy embebida en mi trabajo. En pocas palabras vivo mi propia versión de la felicidad. Tengo dinero, un carro de lujo último modelo, digo y hago lo que quiero, cuando quiero. Compré una casa antigua de piedra, en un pueblecito alejado, situado en las estribaciones de las montañas, en la puerta escribí “El paraíso ahora”, la consigna de los hippies norteamericanos.
Por mi actitud hermética no tengo amigos, pero si muchos enemigos, porque soy verdugo y juez en mi trabajo. Una mañana como de costumbre, me levanté temprano, cepillé mis dientes, preparé un café fuerte y salí a recorrer varios kilómetros en bicicleta, de nuevo en casa me alisté para ir a trabajar, encendí mi auto y en el trayecto, estacionada en el semáforo, esperando el cambio a verde, un auto impactó la defensa trasera del mío. Enfurecida me baje insultando, pero desconocía que era un acto a modo de venganza. Del vehículo se bajó un hombre con lentes y barba larga, me golpeó fuertemente en la cabeza, perdí el conocimiento.
Al momento de recobrar la conciencia, no sabia que tiempo había transcurrido, ni en qué lugar me encontraba. Rápidamente trate como siempre de tener el control de la situación y comencé a gritar diciendo que me las pagarían, que al salir los pondría presos a todos, pero no recibí respuesta alguna, de hecho, no sé si alguien lograba escucharme. Estaba en una habitación de aproximadamente unos 2 metros de largo, por dos de ancho y unos cuatro de alto, una puerta de hierro sin manilla, en la parte superior o techo tenía una tubería con gotera, había un envase donde caían las gotas. Era un hoyo sin salida, no tenía forma de saber si era de noche o de día, la vida me recordaba que siempre puede ser peor, de lo que solía.
No podía hacer nada, pensaba casi resignada. Traté de mantener la calma, pero resultaba muy difícil. Sentía un temor morboso por el espacio reducido, empecé a experimentar una sensación de angustia, ahogos intensos, pulso acelerado y mis emociones variaban de la normalidad hasta la ira y hostilidad. Me di cuenta que moriría en ese lugar, mi mundo se derrumbó, e inmediatamente mi vida paso frente a mi, como una película. Deseaba estar con mis padres, decirles cuánto los amaba, pedirle disculpas a mi querido esposo por haber puesto primero mi trabajo. Que mal me sentía, que culpable, de nada servía lo material sino tenía lo más importante, que es tener el amor de mi familia. Que equivocada estaba, pasé mi vida luchando por algo que no necesito en éste momento, cuando la realidad es que nada sirve, ni tiene sentido sin amor, por eso al mirar mi vida en retrospección nada tiene sentido. El tiempo simplemente se detuvo, no sabía que tiempo llevaba allí, pero un día la puerta se abrió, sin detenerme a pensar quién o cómo fue que esto ocurrió, corrí y me alejé de ése lugar. Curiosamente mi auto estaba intacto en la parte de afuera, no fui violada, a partir de ese momento decidí vivir mi vida a plenitud y luchar por lo que realmente importa.