Dicen que a Stratford on Avon, el lugar de nacimiento de William Shakespeare, lo rodean verdes colinas, a cuyos pies el otoño tiñe puntualmente las hojas de los álamos del glorioso color del trigo maduro y en las riberas discurre plácidamente un río, el Avon, del que el pueblo toma también parte de su nombre.
Y que hay, además, bosques, lagos y jardines con cascadas envueltos en las brumas misteriosas de un tiempo que fue testigo de las andanzas multitudinarias de aquél pueblo mitológico e invisible, que el reverendo Kirk bautizó con el enigmático nombre de ‘la Comunidad Secreta’.
Lugares, envueltos todavía en la fiebre de una fantasía, cuyas épicas resonancias abrieron el camino a inmortales leyendas, que al cabo del tiempo, rechazadas por la Historia, fueron piadosamente adoptadas por la Tradición.
La Tradición, comparativamente hablando, podría llegar a considerarse como esa escuela especial, a la que acuden desesperados los poetas cuando sienten la necesidad de recuperarse, siquiera sea de una manera leve y momentánea, de un exceso de banal cotidianidad, que en algunos casos conduce directamente a un mortal aburrimiento.
No es de extrañar, por tanto, que en la obra de Shakespeare, lo fantástico, después de todo, adquiera visos de realidad y sea en lugares destacables por su belleza y su sobrenatural misterio, donde al compás de una marcha nupcial, germine un matrimonio muy especial, entre la Imaginación y la Creatividad, al que asiste conmovidos los lectores de todos los tiempos.
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