Uno de los ejemplos más elegantes de lo que fue ese arte románico que se extendió como un reguero de pólvora por la Vieja Castilla, lo tenemos en ésta solitaria ermita, cuya galería porticada mira eternamente hacia el puerto de Somosierra y la frontera con Madrid.
Levantada por esas anónimas y misteriosas cofradías de canteros medievales o Compagnons du Chemin, que permanecían en la retaguardia de los territorios repoblados, ejecutando con maestría su saber, la ermita de Nuestra Señora de la Vega es un poema a la belleza y a la perfección y un verdadero alegato a la Geometría Sagrada.
Su armónica prestancia, bastante más alterada por la incongruencia humana que por el paso de un tiempo, que en su caso tiende a embellecerla aún más, guarda entre sus viejas piedras el dulce aliento de un pasado, donde Arte, Fe y Tradición guardaban una muy estrecha relación.
Actualmente, batida por los cuatros costados por esos mismos vientos serranos que encendieran la imaginación de arciprestes, como el de Hita, sueña, en melancólica soledad, con tiempos que para ella, si pudiera hablar, seguramente añadiría que fueron singularmente mejores.
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