Suele ser el otoño, también, ese portador de ensueños, a cuyo paso despiertan, de su letargo subterráneo esos mensajeros de los Dioses, que son los fúngidos.
En ocasiones lo hacen con tal ímpetu y vitalidad, que forman auténticas colonias, agrupados en compactos bloques, que recuerdan la famosa posición defensiva de los legionarios romanos, conocida como caparazón de tortuga.
Evidentemente y pese a su aspecto, no todas son comestibles y la ingestión de una pequeña porción, en algunos casos, puede transportarte, como a la confiada Alicia, al País de las Maravillas.
Lo que no es muy recomendable, si no estás preparado para soportar las vicisitudes de un viaje tan peligroso.
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