Acampados a la sombra de esa sierra del Dragón, que es Somosierra, a la que miramos cada fin de semana como un pulmón que nos procura aire fresco con el que renovar nuestros cansados pulmones, también la capital de España tiene, en pleno centro, sus lugares impenetrables, de voluptuosa y variopinta vegetación, que en algunos tramos semeja esas selvas montesas, la frondosidad de cuya arboleda forma un escudo lo suficientemente impenetrable como para no permitir el paso de los rayos del sol.
Pero lejos de ser éste un factor hasta cierto punto irrelevante, nuestro Parque del Buen Retiro es un lugar ameno, fascinante, que hay que aprender a saborear poco a poco, con la actitud de un cualificado gourmet, pues metafóricamente hablando, el lugar, que no el plato, resulta ciertamente exquisito.
Y como postre, una vez degustados platos culturales más relevantes, se podría recomendar una casita, que por su plástica belleza y singularidad, así como por su forma y un acusado defecto de asociación en mi caso –o disociación, quién sabe y según se mire y se interprete- siempre que tengo ocasión de verla, me recuerda inequívocamente la casa de la bruja, de ese significativo cuento de los Hermanos Grimm, que lleva por título Hansel y Gretel.
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