Si fuera un espejo, estaría indefectiblemente cubierto por el polvo de los siglos y habría que encontrar su pulimento bajo los incontables estratos de los años.
Por fortuna, no lo es, si exceptuamos una comparación donde prime la metáfora, pero sí es, como el Ermitaño de la baraja del Tarot, un longevo y misterioso anciano, cuyo candil siempre está dispuesto a servir de guía a todo aquel que se pierde en las oscuras noches del alma.
Lleva haciéndolo más de ochocientos años y posiblemente continúe haciéndolo por otro periodo igual o superior.
Porque de su lado está siempre el tiempo, aunque éste no siempre se haya comportado con generosidad, pero que, al contrario que muchos seres humanos, en su vertiginosa mano nunca se observan atisbos de soterraña alevosía.
Hierático e inmutable, como el Emperador en su trono-personaje también habitante de ese universo arquetípico que se esconde en la mencionada baraja del Tarot- en sus abismales soledades se dirimen los dos aspectos binarios de la Espiritualidad: la Luz y la Sombra.
Triunfos y fracasos –quién sabe, si como opinan algunos, Petrarca fue el padre- que no son, si no, las tretas de un destino que todos tenemos la posibilidad de moldear.
AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual.