León es una tierra de contrastes, donde una parte mira con nostalgia al norte, abrazando a Asturias y a Galicia y la otra saluda furtivamente a la Meseta, donde Castilla y lo castellano, como diría aquél gran escritor vallisoletano que fuera Miguel Delibes, no siempre han sido vistos con buenos ojos.
A ésta última parte, a la Maragatería –el maragato leonés, como el vaqueiro asturiano o como el agote navarro, no siempre ha sido visto tampoco con buenos ojos por el cristiano viejo- cuya capital es Astorga, es –y perdón por la redundancia- a donde pretendo llevarles, siquiera sea para un breve, aunque espero que placentero paseo.
Pasaremos de Astorga, a la que quizás retornemos en una futura ocasión, pues su imponente catedral, su Palacio de Gaudí y las formidables murallas, primas hermanas de las que los romanos levantaron también en Lugo bien merecen una visita, y continuaremos hacia uno de los pueblos más bonitos y castizos de cuantos conforman el conjunto nacional de la vieja Hesperia.
Nuestro destino no es otro, que el pueblo maragato de Castrillo de los Polvazares, cuna de escritoras que rompieron moldes en su época, como Concha Espina –que tiene incluso una avenida en Madrid- y lugar donde el cocido es tan sabroso, que visitar el pueblo y no probarlo, debería estar considerado como un auténtico pecado capital.
Pero aunque les resulte extraño, no es al cocido maragato al que pretendo dar un protagonismo que ciertamente tiene, sino al pueblo en sí.
Un pueblo que conserva –Dios mediante, el auge y el mal gusto de la fiebre del ladrillo- si singular esencia de siglos, su armónica belleza natural –aunque como la gitana del cantar se lave de vez en cuando la cara en el agua de la fuente- y un equilibrio innato, donde lo mejor de la tradición mantiene unas raíces, que ni siquiera el tiempo, que todo lo cura pero también todo lo mata, ha sido capaz de alterar.
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