Como el singular maestro, don Antonio Machado, yo también he andado muchos caminos, y abriendo veredas en las metafóricas junglas de la subjetividad, he intentado ser, como el afamado caballero de la triste figura, otro acérrimo ‘desfacedor de entuertos’.
Esta singular afición, que roza los márgenes del más absoluto de los vagamundeos –y me reafirmo en la palabra, palabreja o palabrota, a su discreción- me ha llevado a contemplar esos pueblos silenciosos o esas ciudades rendidas a la popularidad, desde otros puntos de vista, posiblemente situados más allá de lo empírico material.
En ese sentido y dejando al espíritu vagar libremente por esa empírica reñida al sentimiento, he visto que aun palideciendo frente al acoso de esas legañas divinas que son las nubes, los cielos de Castilla continúan gozando de la gracia de lo eterno.
De tal manera, que aun precediendo a ese estado de exaltado tormento, similar, comparativamente hablando, a ese preludio a las oscuridades del alma que tanto gustaba al Greco pintar en sus cuadros, un velo de misericordiosa elegancia parece abatirse sobre las viejas piedras, haciendo que en ellas un nuevo esplendor atraiga a ese eterno burlón, que suele ser el encanto.
Y este detalle, por supuesto, revaloriza la experiencia, haciendo, de alguna manera, que la poesía, como el lejano Finis Terrae, sea también otro de los objetivos del eterno peregrino que todos llevamos dentro.
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